—Aquéllo me parece que es cosa hecha.

—¿Y que es aquéllo?

—¿Pero no sabe usted...? ¿No le ha dicho Cruz...?

—Nada me ha dicho—replicó D. Francisco receloso, sospechando que aquéllo era un nuevo tiento que la gobernadora pensaba dar á su bolsillo.

—¡Ah! pues téngalo por hecho.

—¿Pero qué...? ¡Biblias coronadas!

—¿Es de veras que no tiene noticia?

—Lo que tengo es el alma en un hilo, ¡ñales! ¿Apostamos á que ahora viene la bomba que me tiene anunciada?... Vamos, que ya estoy echando setenta llaves á la caja.

—No, no tendrá usted que gastar sino muy poco dinero... Un almuercito á los compromisarios... una docena de telegramas...

—¿Pero qué, con cien mil pares de copones?