—Que le sacamos á usted senador.
—¡Á mí!... ¿Pero cómo, vitalicio, ó...?
—Electivo. Lo otro vendrá después. Primero se pensó en Teruel, donde hay dos vacantes; luego en León. Vamos, representará usted á su tierra, el Bierzo...
—Menuda plaga va á caer sobre mí. Dios me guarezca de pretendientes bercianos, y de pedigüeños de toda la tierra leonesa.
—¿Pero no le agrada...?
—No... ¿Para qué quiero yo la senaduría? Nada me da.
—Hombre... sí... Esos cargos siempre dan. Por lo menos, nada se pierde, y se puede ganar algo...
—¿Y aun algos?
—Sí, señor, y aun muchísimos algos.
—Pues acepto la ínsula. Iremos al Senado, vulgo Cámara Alta, y si me pinchan, diré cuatro verdades al país. Mi desideratum es la reducción considerable de gastos. Economías arriba y abajo; economías en todas las esferas sociales. Que se acabe esa tela de Penélope de nuestra administración, y que se nivele ese presupuesto, sobre el cual está suspendida, como una espada de Damocles, la bancarrota. Yo me comprometía á arreglar la Hacienda en dos semanas; pero para ello exigiría un plan radicalísimo de economías. Esta será la condición sine qua non, la única, la principal de todas las condiciones sine qua nones.