—¿Por qué lo dice?

—Porque cuando usted me halaga y me sonríe, es que viene contra mí navaja en mano, pidiendo la bolsa ó la vida.

—¡Ay, no lo crea usted! Estoy muy benigna de algún tiempo acá. No me conozco. Ya ve que le dejo acumular tranquilamente sus fabulosas ganancias.

—Cierto es que desde que volvimos de aquel condenado Hernani, no ha salido usted con ninguna tecla de nuevos encumbramientos, y por ende, de nuevos gastos. Pero yo tiemblo, porque tras de la calma vienen truenos y rayos, y como usted me amenazó hace tiempo con una muy gorda...

—¡Ah! es que esa, el trueno gordo, está pendiente de discusión aquí (apuntándose á la frente con su dedo índice). Es cosa muy grave, y no acabo de decidirme.

—Dios nos asista y la Virgen nos acompañe, con todas las Biblias pasteleras en pasta y por empastar. ¿Y qué idea del demonio es esa que usted acaricia?

—Á su tiempo lo sabrá—replicó la señora, retirándose por el foro del comedor, y sonriendo graciosamente desde la puerta.

Y era verdad que la gobernadora, si no había renunciado á su magno proyecto, teníala en la cartera de lo dudoso y circunstancial. Para decirlo todo claro, desde el viaje á Hernani, se habían quebrantado sus firmes propósitos de engrandecimiento. La atroz calumnia de que se tiene noticia, y que lejos de desvanecerse en Madrid, corría y se hinchaba ganando pérfidamente la opinión, fué lo que determinó en su espíritu un salto atrás, y algo como remordimiento de haber sacado á la familia de la obscuridad, después del matrimonio con el tacaño. ¿No habrían sido más felices ellas, más feliz él, sin género de duda, en una medianía sosegada, con el pan de cada día bien seguro, entre cuatro paredes? Esta idea la atormentó algunos días, y aun semanas y meses, y casi estuvo á punto de deshacer todo lo hecho, y proponer á su esclavo que se fueran todos á vivir á un pueblo, donde no se viera más frac que el del alcalde el día de la Santa Patrona, donde no hubiera jóvenes elegantes y depravados, viejas envidiosas y parlanchinas, políticos en quienes la vida parlamentaria corrompe todas las formas de la vida, damas que gustan de que se hable de faltas ajenas para cohonestar mejor las propias, ni tantas formas y estilos, en fin, de relajación moral.

Vaciló algún tiempo, pasándose las noches en cavilaciones penosas; y al fin su espíritu hubo de decidirse por seguir adelante en el camino trazado. La violencia del impulso adquirido imposibilitaba la detención súbita, equivalente á un choque de graves consecuencias. Lo menos malo era ya continuar hacia arriba, siempre en busca de mayores alturas, con majestuoso vuelo de águilas, despreciando las miserias de abajo, y esperando perderlas de vista por causa de la distancia. Su mente se excitaba con estas ideas, y le hervían en ella ambiciones desmedidas, cuya realización, además de engrandecer á los suyos, servíale para hacer polvo á los indignos Romeros y á toda la ruin caterva de envidiosos.

Fidela, en tanto, desconocía en absoluto estas internas luchas de su hermana y el hecho desagradable que las motivó. Había llegado á ser, por su interesante situación física, un objeto precioso de extraordinaria delicadeza y fragilidad, que todos resguardaban hasta del aire. Faltaba poco para que la pusieran bajo un fanal. Su apetito de las golosinas llegó á tomar las formas de capricho más extravagantes. Se le antojaban guisantes en confitura para postre; á veces apetecía las cosas más ordinarias, como castañas pilongas, y aceitunas de zapatero; cenaba comúnmente pájaros fritos, que le habían de servir con gorros colorados hechos de rabanitos; se hartaba de berros aliñados con manteca de vaca. Pedía barquillo á todas horas del día, piñones tostados para después del chocolate, y á las once gelatinas y algún bartolillo de añadidura.