Transcurrían los meses sin que se enterara de los rumores infames que algunos amigos, ó enemigos, habían hecho correr acerca de ella, suponiéndola infiel; y tan ignorante se hallaba de las calumnias, como inocente del feo pecado que le imputaron, atenuándolo con disculpas no menos odiosas que el pecado mismo. Su pureza y la limpidez de su alma eran verdaderamente angelicales, pues ni se le ocurría que tales absurdos pudieran decirse, ni soñó jamás con el peligro de opinión que tan de cerca la rondaba. Creyérase que no había en ella más prurito que vivir bien en el orden vegetativo, á cien mil leguas de todos los problemas psicológicos. Juzgándola con la ligereza propia de un sabio superficial, de éstos que engullen revistas y periódicos, pero que no observan la vida ni ven la médula de las cosas, el tonto de Zárate decía:

—Es una estúpida, un ser enteramente atrofiado en todo lo que no sea la vida orgánica. Desconoce el elemento afectivo. Las pasiones son letra muerta para esta hermosa pava real, ó gatita de Angora.

Y Morentín desmentía tan cerrada opinión, prometiéndoselas muy felices para después que aquéllo pasase. Pero Zárate, que era de los pocos que desmentían las voces calumniosas, quitábale al otro las esperanzas, asegurando que la maternidad despertaría en ella instintos contrarios á toda distracción, haciéndola estúpidamente honrada, é incapaz de ningún sentimiento extraño al cuidado de la cría. Disputaban sin tregua los dos amigos sobre aquel tema, y acababan por reñir, echándose en cara recíprocamente, el uno su fatuidad, el otro su pedantería.

Cuidaba D. Francisco á su mujer como á las niñas de sus ojos, viendo en ella un vaso de materia fragilísima, dentro del cual se elaboraban todas las combinaciones matemáticas que habían de transformar el mundo. Era la encarnación de un Dios, de un Altísimo nuevo, el Mesías de la ciencia de los números, que había de traernos el dogma cerrado de la cantidad, para renovar con él estas sociedades medio podridas ya con la hojarasca que de tantos siglos de poesía se ha ido desprendiendo. No lo expresaba él así; pero tales eran, mutatis mutandis, sus pensamientos. Y á los cuidados dengosos del tacaño, correspondía Fidela con un cariño frío, dulzón y desleído, sin intensidad, única forma de afecto que en ella cabía, y á la cual daba estilos muy singulares, á veces como el que se usa para querer á los animales domésticos, á veces semejante al afecto filial.

Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad con la señora de Torquemada. Habíase iniciado entre uno y otro cierto despego, que sólo se manifestaba en imperceptibles accidentes de la acción y la palabra, tan sólo notados por la agudísima, por la adivinadora Cruz.

Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante, encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño.

—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no han querido darme la vitalicia? (Denegación de Fidela.) Bien decía yo que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo, aunque la verdad, esto de la senaduría no viene á llenarme ningún vacío... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo cosas malas, Biblias y Cristos, y todo el palabreo que uso cuando me da la corajina.

—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á reir.

—¡Bah! ya te ríes, de lo cual se desprende que no es nada.

—Algo hay; cosas de familia...