—¿Pero qué, por vida de la...?
—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar.
—¿Rafaelito, qué?
—Que mi hermano no me quiere ya.
—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya vuelve el punto ese con sus necedades?
—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no están bien en su boca.
—¿Qué te ha dicho?
—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y que yo no te merezco.
—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces.
—Que eres digno de lástima.