—No lo creas: no tengo esa vanidad.
—¿De modo que te da lo mismo ser Marquesa ó Juana Particular?
—Lo mismo.
—Pues si tú no acaricias esa idea de ponerte corona, ni yo tampoco, ¿á qué ese gasto estúpido de...? ¿Cómo se llama eso?
—Lanzas y medias annatas.
—Jamás oí tal terminacho.
—Y que te ha de subir un pico, porque ahora resulta, según le dijo á Cruz la persona encargada de gestionar el asunto en el Ministerio de Estado, el Marqués de Saldeoro, ¿sabes? que la tía Loreto usó el título sin pagar los derechos, y éstos se hallan pendientes desde el tiempo de Carlos IV.
—¡Atiza!... Vamos, yo me vuelvo loco...—exclamó D. Francisco, dándose palmetazos en el cráneo.—¡Y quieren que yo... saque...! Como no saque yo las uñas... En una palabra, ¡no, no, y mil veces no! Me rebelo... Lanzas y medias annatas... (Con desvarío.) Digo que no... Lanzas... San Eloy... Carlos IV... No, y no... Estoy bufando, ¿no lo ves?... Medias annatas... digo que no... Medias coloradas... (Alzándola voz.) Fidela, yo no puedo vivir así. Cuando tu hermana me ataque con esta socaliña, voy y... en una palabra, me suicido.
—Tor, no lo tomes así. Si eso es para tí una bicoca.
—¡Bicoca!... ¡Oh! ¡qué mujeres éstas! ¡Cómo me atormentan, cómo me fríen la sangre!... Medias annatas... lanzas... (Repitiéndolo como para fijarlo en la memoria.) San Eloy... Carlos IV... Oye, Fidela, si quieres que yo te quiera, tenemos que rebelarnos contra ese basilisco de tu hermana. Si tú te pones á mi lado, me planto..., pero es preciso que estés á mi lado, en mi partido. Yo solo no puedo, sé que ha de faltarme valor... Lo tengo cuando estoy solo; pero en cuanto ella se me pone delante con su labio temblón, me descompongo todo... Lanzas... medias... Carlos IV... las annatas de la Biblia en verso... Fidela, nos rebelamos, ¿sí ó no?