—Hombre, no; ¡un título de Marqués por quinientos reales!
—¿Costará dos mil?
—Más, muchísimo más. Al Marqués de Fonfría, le cobró el Estado por su título, según nos dijo anoche Ramoncita... me parece que diez y ocho mil duros.
—¡Brrrr...!—vociferó Torquemada, lanzándose á un frenético paseo de fiera por la habitación...—Pues desde ahora te digo que allá se podrá estar el título hasta las kalendas griegas por la tarde, si esperan que yo lo saque... El hígado me van á sacar ustedes á mí. ¡Diez y ocho mil duros! ¡Y por un rótulo, por una vanidad, por un engaña bobos! Mira lo que le valió á tu tía, la vieja esa doña Loreto, el ser Marquesa. Se murió sin un real... No, no, Francisco Torquemada ha llegado ya al límite, al pastelero límite de la paciencia, y de la condescendencia, y de la prudencia. No más Purgatorio, no más penar por faltas que no he cometido; no más tirar por la ventana el santísimo rendimiento de mi trabajo. Dile á tu hermana que se limpie, que si quiere ser Marquesa, que le encargue la ejecutoria á un memorialista de portal, que todo viene á ser lo mismo, ¿pues qué es el Estado más que un gran memorialista con casa abierta?
—Pero si mi hermana no es la que ha de ser Marquesa. La Marquesa seré yo, y por consiguiente tú Marqués.
—¡Yo, yo Marqués!—exclamó el tacaño con explosión de risa.—¡Mira tú que yo Marqués!
—¿Y por qué no? ¿No lo son otros?...
—¿Otros? ¿Y esos otros tuvieron por abuelo á uno que vivía de la noble industria de hacer á los señores cerdos una operación que les ponía la voz atiplada? ¡Já, já, me muero de risa!
—Eso no importa. En seguidita, cualquiera de esos que manejan el Becerro, te hace un árbol genealógico, por el cual desciendes en línea recta del rey D. Mauregato.
—Ó del rey D. Maureperro. Já, já... Pero dime con franqueza... fuera bromas. (Parándose ante ella, en jarras.) ¿Tienes tú el capricho de ser Marquesa? ¿Te gustaría la coronita? En una palabra: ¿es para tí cuestión de ser ó no ser, como dijo el otro?