—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy.

—Ya me entero, sí.

—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á mamá le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que por transmisión de títulos del Reino...

—Demonio, ¡ñales! ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu hermana...

—Es sacar ese título, para lo cual hay que instruir un expediente, y pagar lo que se llama medias annatas...

—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono.

—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden. ¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida. Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto...

—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose el sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso?

—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del emperador Carlos V.

—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos... Costará... ¿quinientos reales?