XIII

Al anochecer, se presentó el caso como de los más apurados y difíciles. Celebraron las tres eminencias solemne consulta, y en un tris estuvo que fuese avisada una cuarta celebridad. Por fin, se acordó esperar, y Torquemada que no cabía ya en su pellejo de puro afanado, rindióse al temor del peligro, y se manifestó conforme con que se trajera más personal facultativo, si era menester. Calmóse la parturienta á prima noche, sin que desapareciese la gravedad; presentáronse síntomas favorables, y aun se aventuraron los comadrones á reanimar con risueñas esperanzas á la atribulada familia. La cara de don Francisco era de color de cera: creeríase que el bigote no estaba en su sitio, ó que se le había torcido la boca. Á ratos le sudaba la frente gotas gordísimas, y á cada instante se echaba mano á la cintura para levantar el pantalón, que se le caía. Entraron algunas personas, en expectativa del suceso, y se metieron en la sala, dispuestas á dar rienda suelta á las demostraciones de júbilo ó de duelo, según el giro que tomase la función. Huía de la sala el tacaño, horrorizado de tener que hacer cumplidos, y en una de las vueltas que daba por la casa, fué á parar al cuarto de Rafael, á quien halló tranquilamente sentado en su sillón, hablando con Morentín de cosas literarias.

—¡Ah, Morentín!—dijo D. Francisco saludándole fríamente.—No sabía que estaba usted aquí.

—Decíamos que no hay aún motivo de alarma. Pronto se le podrá dar á usted la enhorabuena. Y yo se la daré dos veces: primero, por lo que usted espera...

—¿Y segundo?

—Por el Marquesado de San Eloy... Yo quería reservarme, para dar juntas las dos enhorabuenas.

—Ni falta que me hace—replicó D. Francisco con aspereza...—San Eloy... medias annatas... Cosas de la hermana de éste, que siempre está inventando pamplinas para sacarnos del statu quo, y meterme á mí, tan humilde, en las altas esferas... ¡Mire usted que yo Marqués! ¿Y á santo de qué viene ese título?

—Ninguno más ilustre que el de San Eloy—dijo Rafael algo picado.—Data del tiempo del Emperador Carlos V, y han llevado esa corona personas de gran valía, como D. Beltrán de la Torre Auñón, gran maestre de Santiago, y capitán general de las galeras de Su Majestad.

—¡Y ahora me quieren meter á mí en las galeras! San Eloy... ¡oh, qué marqueses somos!... De mucho nos valdría si no tuviéramos con qué poner un puchero, como ciertos y determinados títulos que viven de trampas... Mi bello ideal no es la nobleza: tengo yo una manera sui generis de ver las cosas. Rafael, no te enfades, si me despotrico contra la aristocracia tronada, y contra la que no tiene más desideratum que humillar á los infelices plebeyos. Yo soy un pobre que ha logrado asegurarse la clásica rosca, y nada más. Es cosa triste que lo ganado tan á pulso se emplee en marquesados. Ni qué tengo yo que ver con ese hijo de tal que mandó en las galeras del Rey... No lo tomes á mal, Rafaelito. Ya sabes que no es por ofender á tus antepasados... muy señores míos... Sin duda fueron unos puntos muy decentes. Pero es que yo doy ahora mismo el marquesado por lo que me cuesta y un diez por ciento de prima, si hay quien lo quiera... Ea, Morentín, vendo la corona. ¿La quiere usted?

Reíanse los dos amigos, Rafael de dientes afuera, el otro con toda su alma, porque cuantas muestras de su barbarie daba D. Francisco le colmaban de júbilo.