—Pero todo ello—dijo después Torquemada,—no tiene importancia, en parangón del grave conflicto en que estamos... Salga en bien Fidela, y apechugo con todo, incluso con las medias annatas.

—Yo preveo los acontecimientos—afirmó Rafael con serena convicción,—y le profetizo á usted que Fidela saldrá perfectamente de su cuidado.

—Dios te oiga... Yo creo lo mismo.

—No le vendrá á usted la desgracia por este lado, ni en el día de hoy, sino por otro lado, y en días que aún están lejanos.

—Bah... ya estás oficiando de profeta—dijo Morentín, queriendo desvirtuar con sus risas la seriedad que el ciego daba á sus palabras.

—Por de pronto—añadió Torquemada,—cúmplase la profecía de hoy; yo me congratulo de que Rafael acierte. ¡Pero cuánto tarda, Virgen de la Santísima Paloma! ¡Y para esto traiga usted tres facultativos de cartel!... ¿Qué hacen esos caballeros que no...? Porque yo soy el primero en rendir parias á la ciencia... Pero que veamos sus resultados prácticos... ¿Pues qué, todo ha de ser teoría, Sr. de Morentín?

—Lo mismo digo yo.

—Mucha teoría, mucho término griego, y éste manda una cosa, el otro lo contrario; y los tratamientos son como el tejido de Penélope, que hoy te hago y mañana te deshago. Si el enfermo se muere, no por eso se dejan de pagar las cuentas de los señores Galenos... ¡quiá!... Y yo profeso la teoría de que esas cuentas debieran pagarlas los gusanos. ¿No es usted de mi opinión? Justo; los gusanos, que son los que van ganando... Aquí estamos en actitud espectante, diciendo «qué será, qué no será,» y esos señores médicos tan tranquilos... Y les soy á ustedes franco: me pongo tan nervioso, que... vean... me tiemblan las manos, y hasta se me traba la lengua... Mi yerno Quevedo se bastaba y se sobraba; tal es mi humilde punto de vista

Salió del cuarto sin oir lo que Rafael y Morentín expresaron sobre sus respectivos puntos de vista, y en el pasillo se encontró con Pinto, á quien atizó varios pescozones, sin que ni el agresor ni la víctima se hicieran cargo claramente del motivo de ellos. Siempre que don Francisco se ponía muy destemplado y nervioso, desfogaba los efluvios de su insensata cólera sobre los cachetes y el cráneo inocente del lacayo, que era un bendito, y llevaba con paciencia los duelos con pan. El buen trato de las señoras, y el comer todo lo que le pedía el cuerpo, le indemnizaban de las brutalidades del amo, el cual, cuando estaba de buenas, solía entenderse con él para ciertas funciones de espionaje, verbigracia: «Pinto, ven acá. ¿Está la señorita Cruz en el gabinete? ¿Quién ha entrado, el Sr. Donoso ó el señor Marqués de Taramundi?... Chiquillo, avísame arriba cuando salga Donoso, sin que se entere nadie, ¿sabes?... Oye, Pinto: la señorita Cruz te preguntará si estoy arriba, y tú le dices que tengo gente.»

Aquel día fué tal la dureza de sus nudillos, que el muchacho se echó á llorar.