—Por eso siempre tira usted al monte.

—Pero vamos á ver, Crucita. Seamos justos... ¿Quién ha visto usted que tenga dos amas?

—¿Que quién he visto...? Los Reyes, el Rey...

—¿Y acaso somos nosotros testas coronadas, por decirlo así? ¿Soy yo por casualidad Rey, Emperador, ni aun de comedia, con corona de cartón?

—No es usted Rey; pero su representación su nombre exigen propósitos y actos de realeza... No, no me río. Sé lo que digo. Entramos en un período nuevo. Ya tiene usted sucesión, ya tiene usted heredero, Príncipe de Asturias...

—Dale con que soy...»

Y no pudo decir más, porque la ira le encendía la sangre, congestionándole. Sentado en el comedor se entretuvo en morderse las uñas, mientras le traían el chocolate. Viéndole de tan mal temple, Cruz se compadeció de él, y quiso explicarle la razón de aquel nuevo período de grandezas en que entraba la familia. Pero don Francisco no escuchaba más razones que las de su avaricia. Nunca sintió en su alma tan fuerte prurito de rebeldía, ni tanta cortedad para llevarla del pensamiento á la práctica. Porque la fascinación que Cruz ejercía sobre él era mayor y más irresistible después del nacimiento de Valentín. Ya se comprende que éste le servía á la tirana de la casa para solidificar su imperio y hacerlo invulnerable contra toda clase de insurrecciones. El pobre tacaño gemía, pasando de la taza al estómago su chocolate, y como Cruz le incitara á manifestar su pensamiento, quiso el hombre hablar, y las palabras se negaban á salir de sus labios. Intentó traer á ellos los términos groseramente expresivos que usar solía en su vida libre; tan sólo acudían á su boca conceptos y vocablos finos, el lenguaje de aquella esclavitud opulenta en que se consumía, constreñido por un carácter que encadenaba todas las fierezas del suyo.

—No digo nada, señora—murmuró.—Pero así no podemos seguir... Usted verá... Yo soy la economía por excelencia, y usted el despilfarro personificado... Tres médicos, dos amas... gran baile... convites diarios... medias annatas... Total, que pululan los gastos.

—Los que pululan son los mezquinos pensamientos de usted. ¿Qué supone todo eso para sus enormes ingresos? ¿Cree que yo aumentaría el gasto si viera que sus ganancias mermaban lo más mínimo?... ¿Tan mal le ha ido bajo mi dirección y gobierno? Pues aún han de venir días más gloriosos, amigo mío... ¿Pero qué tiene usted?... ¿qué le pasa?

El tacaño lloraba, sin duda porque se le atragantó la última sopa de chocolate.