El ciego afirmó con la cabeza, sin pronunciar una palabra. Morentín había pasado á la sala, confundiéndose con los del coro de alabanzas y felicitaciones. Creyó muy del caso la gobernadora improvisar una cena para todos los presentes, con el doble motivo de celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, y el del sucesor de la casa y estados del Águila-Torquemada. Como la turbación y trajín de aquel día no habían permitido pensar en comidas extraordinarias, á las diez andaba de coronilla toda la servidumbre, aprestando la cena, que por la ocasión, la fecha y el lugar en que se celebraba, debía de ser opípara.
No le pareció bien á Torquemada llenar el buche á toda la turbamulta, y en su pobre opinión, se cumplía invitando á los más íntimos, como Donoso, Morentín padre é hijo y Zárate. Pero Cruz, á quien dió conocimiento con cierta timidez de su criterio restrictivo en materia de invitaciones, le contestó secamente que ya sabía ella lo que reclamaban las circunstancias. Reasumiendo: que celebraron allí la Noche Buena, en improvisado banquete, comiendo y bebiendo como fieras, según dicho de Torquemada, unas cuarenta y cinco personas largas, es decir, unas cincuenta personas, en cifra redonda. Tuvo el buen acuerdo el amo de la casa de no beber champagne, sino en dosis homeopática, y gracias á esta precaución se portó como un caballero, no dejando salir de sus autorizados labios ninguna inconveniencia, y hablando con todos el lenguaje fino y grave, que á su carácter y posición social correspondía. Menudearon los brindis en prosa y verso de madrugada ya, y Zárate concluyó por tratar de tú á D. Francisco, profetizándole que sería el dueño de toda la tierra, y que bajo su imperio se resolvería el problema de la aerostación, y se cortarían todos los istmos para mayor fraternidad entre los mares, y se unirían todos los continentes por medio de puentes giratorios... Brindaron otro por el Marquesado de San Eloy, que muy pronto adquiriría mayor lustre con la grandeza de España de primera clase, y no faltó quien pidiese á los señores de Torquemada, con el debido respeto, que diesen un gran baile, el día de Reyes, para celebrar el fausto suceso.
Cuando se fueron los comensales, D. Francisco no se podía tener de cansancio, la cabeza como un farol, y los espíritus algo caídos. El sol de su alegría se nublaba con la consideración del enorme gasto de aquella cena, y de los que vendrían á renglón seguido, pues la tirana había invitado, para toda la semana siguiente hasta Año nuevo, á los allí presentes aquella noche, distribuyéndoles en tandas de á doce cada día. «Á este paso—pensó Torquemada,—esto será un Lhardy, y yo el calzonazos por excelencia.» Acostóse ya cerca del día con la mitad del alma gozosa, la otra mitad agitada por zozobras terribles. ¿Sería broma, aquello del gran baile, ó lo dirían en serio? Cruz, al oirlo, se había reído; pero sin protestar, como habría protestado él, si se atreviera. Esto y los doce convidados diarios le quitaron el sueño, porque la otra mitad del alma, la risueña y retozona, también se mostraba rebelde al descanso. Levantóse sin haber dormido, y lo primero que se echó á la cara fué un par de tarascas, en quienes al punto reconoció los caracteres zoológicos del ama de cría.
—¡Hola!—dijo dirigiéndose á ellas,—¿qué tal estamos de leche?
Cruz las había hecho venir previamente de la Montaña, dando el encargo á un médico amigo suyo. Eran dos soberbios animales de lactancia, escogidos entre lo mejor, morenas, de pelo negro y abundante, los ubres muy pronunciados, y los andares resueltos. Mientras el tacaño visitaba á su esposa y al crío, Cruz estuvo tratando con aquel par de reses, y con los montaraces aldeanos que las acompañaban.
—¿Cuál ha escogido usted?—preguntóle después D. Francisco, que de todo quería enterarse.
—¿Cómo cuál? Usted está en babia, señor mío. Las dos. Una fija, y otra de suplente por si la primera se indispone.
—¡Dos amas, dos!—exclamó el bárbaro con los pelos todos de su cabeza y bigote erizados como los de un cepillo.—Si un ama, una sola, es el azote de Dios sobre una casa, dos... ayúdeme usted á sentir, dos... son lo mismo que si se abriera la tierra y nos tragara.
—De poco se asusta usted... ¿Y así mira por la crianza de ese bendito pimpollo que Dios le ha dado?
—¡Pero para qué necesita mi pimpollo dos amas, Cristo, re-Cristo! ¡Cuatro pechos, Señor de mi vida, cuatro pechos...! ¡Y yo que no tuve ninguno de madre, pues me criaron con una cabra!