Sin dignarse arrojar en la conversación más que algún vocablo afirmativo para que lo royeran como hueso aquellos pelagatos que no poseían fincas en Cadalso de los Vidrios ni casas en Madrid, Torquemada seguía tejiendo en su meollo la tela empezada en la casa mortuoria.

—Lo que digo, no tengo política..., y hay que gastar política para ponerse á la altura que corresponde. ¿Pero cómo había yo de aprender nada tocante á la buena forma, si en mi vida he tratado más que con gente ordinaria?... Esta pobre doña Lupe, que en gloria esté, también era ordinaria, ¿qué duda tiene? No la ofendo, no, ¡cuidado!; persona buenísima, con mucho talento, un ojo para los negocios que ya lo quisieran más de cuatro. Pero, diga ella lo que quiera, y no la ofendo, lo que es persona fina..., ¡que te quites! Intentaba serlo, y no le salía..., ¡ñales!, no le salía. Su hipo era ser dama..., y ¡que si quieres! Aunque se pusiera encima manteletas traídas de París, resultaba tan dama como mi abuela... ¡Ah!, para damas la de esta mañana. Aquello sí que es del mismísimo cosechero. Y de nada le valió á mi amiga mirarse en tal espejo... Ya era tarde, ya era tarde para aprender... ¡Pobre señora! Como trastienda y disposición, eso sí, ¡cuidado!, yo soy el primero en reconocer... Pero finura, tono..., ¡quiá! Si ella, como yo, no trataba más que con gente de poco más ó menos. ¿Y qué es lo que oye uno al cabo del día? Burradas y porquerías. Doña Lupe, me acuerdo bien, decía ivierno, áccido y Jacometrenzo, palabras que, según me ha advertido Bailón, no se dicen así... No vaya á creer que la ofendo por eso... Cualquiera equivoca el discurso cuando no ha tenido principios. Yo estuve diciendo diferiencia hasta el año 85... Pero para eso está el fijarse, el poner oído á cómo hablan los que saben hablar... El cuento es que cuando uno es rico, y lo ha sacado á pulso con su sudor, cavilando aquí, cavilando allá, está muy mal que la gente se le ría. Los ricos deben dar el ejemplo, ¡cuidado!, así de las buenas costumbres como de los buenos modos, para que ande derecha la sociedad y todo lleve el compás debido... Que sean torpes y mamarrachos los que no tienen sobre qué caerse muertos, me parece bien. Así hay equidad; eso es lo que llaman equilibrio. Pero que los acaudalados tiren coces, que los terratenientes y los que pagamos contribución seamos unos... unos asnos, eso no, no, no.

Aún le duraba la correa de aquella meditación cuando volvían del cementerio, después de dejar los fríos despojos de la gran hacendista perfectamente ennichados en uno de los tristísimos patios de San Justo. Los tres compañeros de coche, volviendo á engolosinarse con la comidilla del matute, contaban mil cuchufletas acerca del modo de introducir aceite y de las batallas entre los guardias y toda la chusma matutera, mientras la imaginación de Torquemada iba en seguimiento de la señora del Águila, y fluctuaba entre el deseo y el temor de volverla á ver: deseo, por probar la enmienda de su torpeza mostrándose menos ganso que en la primera entrevista; temor, porque sin duda las dos hermanas se soltarían á reir cuando le viesen, tomándole el pelo en la visita. La más negra era que forzosamente tenía que visitarlas, por encargo expreso de doña Lupe y obligación ineludible. Había convenido con su difunta amiga en renovar un pagaré de las dos damas, añadiendo cierta cantidad. Y el nuevo pagaré no sería á la orden de los herederos de la viuda de Jáuregui, sino á la de Torquemada, á quien la difunta había dejado, con aquel y otros fines, algunos fondos, de cuyo producto gozarían unos parientes pobres de su difunto esposo. Que D. Francisco habría de cumplir con recta conciencia cuantos encargos de este linaje le hizo su socia mercantil, no hay para qué decirlo. Lo difícil era cumplirlos sin personarse en el nido de las Águilas, como categóricamente le había ordenado la muerta, y aquí entraban los apuros del pobre hombre. ¿Cómo se presentaría? ¿Risueño ó con cara de pocos amigos? ¿Cómo se vestiría? ¿Con los trapitos de cristianar ó con los de diario? Porque pensar en evadir el careo dando la comisión á otra persona, era un disparate; además implicaba cobardía, deserción ante el peligro, y esto le malquistaba consigo mismo, pues su amor propio le pedía siempre apencar con las dificultades y no volver la espalda á ninguna peripecia grave. Resolvió, pues, poner pecho á las Águilas, y en aquella duda sobre el vestir su natural despejo triunfó de la vanidad, sugiriéndole la idea de presentarse con el traje de todos los días, la camisita limpia, eso sí, que aquella soez costumbre de la camisa de quincena ya no regía desde que el hombre empezó á ver claro en el panorama social. En suma, se presentaría tal cual era siempre y hablaría lo menos posible, contestando con sencillez á cuanto le preguntasen. Si se reían que se rieran..., ¡ñales! Pero no: probablemente le recibirían con palio, atendiendo al favor que les hacía y al consuelo que les llevaba con su visita, pues debían de estar las pobres señoras, con toda su aristocracia y su innegable finura, esperando el santo advenimiento..., como quien dice.

IV

Elegida la hora que le pareció conveniente, encaminóse el hombre á la Costanilla. La casa no tenía pérdida en calle tan pequeña, y con las señas mortales de la tahona. Vió D. Francisco arrimados á una puerta dos ó tres hombres enharinados, y más arriba una tienda de antigüedades, que más bien debiera llamarse prendería. Allí era, segundo piso. Al mirar el rótulo de la tienda, lanzó una exclamación de gozo: «Pues si á este prendero le conozco yo. Si es Melchor, el que antes estaba en el 5 duplicado de la calle de San Vicente.» Excuso decir que le entraron ganas de echar un párrafo con su amigo antes de subir á la visita. No tardó el prendero en darle referencias de las señoras del Águila, pintándolas como lo más decente que él se había echado á la cara desde que andaba en aquel comercio. Pobres, eso sí, como las ratas; pero si nadie en pobreza les ganaba, en dignidad tampoco, ni en resignación para llevar la cruz de su miseria. ¡Y qué educación fina, qué manera de tratar á la gente, qué meterse por los ojos y ganarse el corazón de cuantos les hablaban!... Con estas noticias sintió el avaro que se le disipaba el susto, y subió corriendo. La misma doña Cruz le abrió la puerta, y aunque estaba de trapillo (sin perjuicio de la decencia, eso sí), á él se le antojó tan elegante como el día anterior la vió, de tiros largos.

—Sr. D. Francisco—dijo la dama con más alegría que sorpresa, pues sin duda esperaba la visita...—Pase, pase...

Las primeras palabras del visitante fueron torpes: «¡Cómo había de faltar...! ¿Y qué tal? ¿Toda la familia buena?... Gracias... Es comodidad.» Y se metió por donde no debía, teniendo ella que decirle: «No, no; por aquí.»

Su azoramiento no le impidió observar muchas cosas desde los primeros instantes, cuando Cruz del Águila le llevaba, por el pasillo de tres recodos, á la salita. Fijóse en la hermosa cabeza, bien envuelta en un pañuelo de color, de modo que no se veía ni poco ni mucho la cabellera blanca. Observó también que vestía bata de lana antiquísima, pero sin manchas ni jirones, con una toquilla blanca cruzándole el pecho, todo muy pulcro, revelando el uso continuo y esmerado de aquellas personas que saben eternizar las prendas de ropa. Lo más extraño era que tenía guantes viejos y con los dedos tiznados.

—Dispénseme—dijo con graciosa modestia;—estaba limpiando los metales.

—¡Ah!..., ¡perfectamente!...