—Porque ha de saber usted, si ya no lo sabía, que no tenemos criada, y nosotras lo hacemos todo. No, no vaya á creer que me quejo por esta nueva privación, una de las muchas que nos ha traído nuestro adverso destino. Hemos convenido en que las criadas son una calamidad, y cuando una se acostumbra á servirse á sí misma, lleva tres ventajas: primera, que no hay que lidiar con fantasmonas; segunda, que todo se hace mucho mejor y á nuestro gusto; tercera, que se pasa el día sin sentirlo, con ejercicio saludable.
—Higiénico—dijo Torquemada, gozoso de poder soltar una palabra bonita que tan bien encajaba. Y el acierto le animó de tal modo, que ya era otro hombre.
—Con permiso de usted—indicó Cruz,—seguiré. No estamos en situación de gastar muchos cumplidos, y como usted es de confianza...
—¡Oh!, sí, de toda confianza. Tráteme la señora mismamente como á un chiquillo... Y si quiere que le ayude...
—¡Quiá! Eso sería ya faltar al respeto, y... De ninguna manera.
Con la cajita de los polvos en la mano izquierda y un ante en la derecha, ambas manos enguantadas, se puso á dar restregones en la perilla de cobre de una de las puertas, y al punto la dejó tan resplandeciente que de oro fino parecía.
—Ahora saldrá mi hermana, á quien usted no conoce. (Suspirando fuerte.) Es triste decirlo; pero... está en la cocina. Tenemos que ir alternando en todos los trabajos de casa. Cuando yo declaro la guerra al polvo ó limpio los metales, ella friega la loza ó pone el puchero. Otras veces guiso yo y ella barre, ó lava ó compone la ropa. Afortunadamente tenemos salud; el trabajo no envilece; el trabajo consuela y acompaña, y además fortifica la dignidad. Hemos nacido en una gran posición: ahora somos pobres. Dios nos ha sometido á esta prueba tremenda... ¡Ay, qué prueba, Sr. D. Francisco! Nadie sabe lo que hemos sufrido, las humillaciones, las amarguras... Más vale no hablar. Pero el Señor nos ha mandado al fin una medicina maravillosa, un específico que hace milagros..., la santa conformidad. Véanos usted hoy ocupadas las dos en estos trajines, que en otro tiempo nos habrían parecido indecorosos; vivimos en paz, con una especie de tristeza plácida que casi casi se nos va pareciendo á la alegría. Hemos aprendido, con las duras lecciones de la realidad, á despreciar todas las vanidades del mundo, y poquito á poco hemos llegado á creer hermosa esta honrada miseria en que vivimos, á mirarla como una bendición de Dios...
En su pobrísimo repertorio de ideas y expresiones, no halló el bárbaro nada que pudiera ser sacado dignamente ante aquel decir elegante y suelto, sin afectación. No supo más que admirar y gruñir asintiendo, que es el gruñido más fácil.
—También conocerá usted á mi hermano, el pobrecito ciego.
—¿De nacimiento?