—No, señor. Perdió la vista seis años ha. ¡Ay, qué dolor! Un muchacho tan bueno, llamado á ser..., ¡qué sé yo, lo que hubiera querido!... ¡Ciego á los veintitantos años! Su enfermedad coincidió con la pérdida de nuestra fortuna... para que nos llegara más al alma. Créalo usted, D. Francisco, la ceguera de mi hermano, de ese ángel, de ese mártir, es un infortunio al cual mi hermana y yo no hemos podido resignarnos todavía. Dios nos lo perdone. Claro que de arriba nos ha venido el golpe; pero no lo admito, no bajo la cabeza, no, señor...; la levanto..., aunque á usted le parezca mal mi irreverencia.
—No, señora..., ¿qué ha de parecerme?... El Padre Eterno... es atroz. ¿Pero usted sabe la que me hizo á mí? No es que yo me le suba á las barbas, ¡cuidado!...; pero francamente..., ¡quitarle á uno toda su esperanza! Al menos usted no la habrá perdido; su hermanito podrá curarse...
—¡Ah!, no, señor... No hay esperanza.
—¿Pero usted sabe...? Hay en Madrid los grandes ópticos...
En el momento de decirlo, conoció el hombre la enormidad de su lapsus linguæ. ¡Vaya que decir ópticos por oculistas! Quiso enmendarlo; pero la señora, que al parecer no había parado mientes en el desatino, le dió fácil salida por otra parte. Pidióle permiso para ausentarse brevemente á fin de traer á su hermana, lo que á D. Francisco le supo muy bien, aunque las zozobras no tardaron en acometerle de nuevo. ¿Cómo sería la hermanita? ¿Se reiría de él? ¡Si por artes del enemigo no era tan fina como Cruz, y se espantaba de verle á él tan ordinario, tan zafiote, tan...! «Vamos, no es tanto—se dijo, estirando el cuello para verse en un espejo que frontero al sofá pendía de la pared, con inclinación hacia adelante, como haciendo una cortesía,—no es tanto... Lo que digo..., llevo muy bien mi edad, y si yo me perfilara, daría quince y raya á más de cuatro mequetrefes que no tienen más que la estampa.»
En esto estaba, cuando sintió á las dos hermanas en el pasillo disputando con cierta viveza:
—Así, mujer, ¿qué importa? ¿No ves que es de toda confianza?
—¿Pero cómo quieres que entre así? Deja siquiera que me quite el delantal.
—¿Para qué? Si somos nuestras propias criadas y nuestras propias señoras, y él lo sabe bien, ¿qué importa que te vea así? Este es un caso en que la forma no supone nada. Si estuviéramos sucias ó indecentes, bueno que no nos vieran humanos ojos. Pero á limpias nadie nos gana, y las señales del trabajo no nos hacen desmerecer á los ojos de una persona tan razonable, tan práctica, tan... sencilla. ¿Verdad, D. Francisco?
Esto lo dijo alzando la voz, ya cerca de la puerta, y el aturrullado prestamista creyó que la mejor respuesta era adelantarse á recibir airosamente á las dos damas, diciendo: «Bien, bien; nada de farándulas conmigo, que soy muy llano y tan trabajador como el primero, y desde la más tierna infancia...»