Iba á seguir diciendo que él se limpiaba sus propias botas y se barría el cuarto; pero le cortó la palabra la aparición de la segunda Águila, que le dejó embobado y suspenso.
—Mi hermana Fidela—dijo Cruz, tirando de ella por un brazo hasta vencer su resistencia.
V
—¿Qué importa que yo las vea en traje de mecánica, si ya sé que son damas y muy requetedamas?—argumentó D. Francisco, que á cada nuevo incidente se iba desentumeciendo de aquel temor que le paralizaba.—Señorita Fidela, por muchos años... ¡Si está muy bien así!... Las buenas mozas no necesitan perfiles...
—¡Oh!, perdone usted—dijo la Águila menor toda vergonzosa y confusa.—Mi hermana es así: ¡hacerme salir en esta facha..., con unas botas viejas de mi hermano, este mandil... y sin peinarme!
—Soy de confianza, y conmigo, ¡cuidado!, con Francisco Torquemada no se gastan cumplidos... ¿Y qué tal? ¿Usted buena? ¿Toda la familia buena? Lo que digo, la salud es lo primero, y en habiendo salud todo va bien. Pienso, de conformidad con ustedes, que no hay chinchorrería como el tener criadas, generalmente puercas, enredadoras, golosas, y siempre, siempre soliviantadas con los malditos novios.
Á todas éstas no le quitaba ojo á la cocinerita, que era una preciosa miniatura. Mucho más joven que su hermana, el tipo aristocrático presentaba en ella una variante harto común. Sus cabellos rubios, su color anémico, el delicado perfil, la nariz de caballete y un poquito larga, la boca limpia, el pecho de escasísimo bulto, el talle sutil, denunciaban á la señorita de estirpe, pura sangre, sin cruzamientos que vivifican, enclenque de nacimiento y desmedrada luego por una educación de estufa. Todo esto y algo más se veía bajo aquel humilde empaque de fregona, que más bien parecía invención de chicos que juegan á las máscaras.
Como la pobre niña (no tan niña ya, pues frisaba en los veintisiete) no se había penetrado aún de aquel dogma de la desgracia que prescribe el desprecio de toda presunción, esfuerzo grande le costaba el presentarse en tal facha ante personas desconocidas. Tardó bastante en aplomarse delante de Torquemada, el cual, acá para inter nos, le pareció un solemne ganso.
—El señor—indicó la hermana mayor—era grande amigo de doña Lupe.
—¡Pobrecita! ¡Qué cariño nos tomó!—dijo Fidela, sentándose en la silla más próxima á la puerta y escondiendo sus pies tan mal calzados.—Cuando Cruz trajo la noticia de que había muerto la pobre señora, ¡sentí una aflicción...! ¡Dios mío!, nos vimos más desamparadas en aquel instante, más solas... La última esperanza, el último cariño se nos iban también, y me pareció ver allá, allá lejos una mano arrugadita que nos hacía... (doblando los dedos á estilo de despedida infantil) así, así...