—Pues ésta—pensó el avaro, de admiración en admiración—también se explica. ¡Ñales!, ¡qué par de picos de oro!
—Pero Dios no nos desampara—afirmó Cruz denegando expresivamente con su dedo índice,—y dice que no, que no, que no nos quiere desamparar, aunque el mundo entero en ello se empeñe.
—Y cuando nos vemos más solas, más rodeadas de tinieblas, asoma un rayito de sol, que va entrando, entrando, y...
—Esto va conmigo. Yo soy ese sol...—dijo para su sayo Torquemada; y en alta voz:—Sí, señoras, pienso lo mismo. La suerte protege al que trabaja... ¡Vaya, que esta señorita tan delicada meterse en el materialismo de una cocina!
—Y lo peor es que no sirvo—dijo Fidela.—Gracias que ésta me enseña...
—¡Ah! ¿La enseña doña Cruz?... ¡Qué bien!
—No, no quiere decir esto que yo aprenda... Empieza ella por no ser una eminencia ni mucho menos. Yo me aplico, eso sí; ¡pero soy muy distraída y hago cada barbaridad...!
—Bueno, ¿y qué?—indicó la mayor en tono festivo.—Como no cocinamos para huéspedes exigentes, como esto no es hotel y sólo tenemos que gustarnos á nosotras mismas, cuantas faltas se cometan están de antemano perdonadas.
—Y una vez porque sale crudo, otras porque sale quemado, ello es que siempre tenemos diversión en la mesa.
—Y en fin, que nos resulta una salsa con que no contamos: la alegría.