—Que no se compra en ninguna tienda—dijo Torquemada muy gozoso de haber comprendido la figura.—Justo y cabal. Que me den á mí esa salsa, y le meto el diente á todas las malas comidas de la cristiandad. Pero usted, señorita Fidela, dice que guisa mal por modestia... ¡Ah!, ya quisieran más de cuatro...

—No, no; lo hago malditamente. Y puede usted creerme—añadió con la expresión viva, que era quizás la más visible semejanza que tenía con Cruz,—puede usted creerme que me gustaría mucho cocinar bien; pero muchísimo. Sí, sí; el arte culinario paréceme un arte digno del mayor respeto, y que debe estudiarse por principios y practicarse con seriedad.

—¡Como que debiera ser parte principal de la educación!—afirmó Cruz del Águila.

—Lo que digo—apuntó Torquemada:—debieran poner en las escuelas una clase de guisado... Y que las niñas, en vez de tanto piano y tanto bordado de zapatillas, aprendieran á poner bien un arroz á la vizcaína ó un atún á la marinera.

—Apruebo.

—Y yo.

—Conque...—murmuró el prestamista golpeando con ambas manos los brazos del sillón, manera ruda y lacónica de expresar lo siguiente:—Señoras mías, bastante tiempo hemos perdido en la parlamenta. Vamos ahora al negocio...

—No, no; no venga usted con prisas—dijo la mayor, risueña, alardeando de una confianza que trastornó más al hombre.—¿Qué tiene usted que hacer ahora? Nada. No le dejamos salir de aquí sin que conozca á nuestro hermano.

—Con sumísimo gusto... No faltaba más. Como prisa, no la hay. Es que no quisiera molestar...

—De ningún modo.