Fidela fué la primera que se levantó, diciendo: «No puedo descuidarme. Dispénseme.»

Y se fué presurosa, dejando á su hermana en situación conveniente para hacerle el panegírico.

—Es un ángel de Dios. Por la diferencia de edad, que no es menor de doce años, soy para ella, más que hermana mayor, una madre. Hija y madre somos, hermanas, amiguitas, pues el cariño que nos une no sólo es grande por lo intenso, Sr. D. Francisco, sino por la extensión...; no sé si me explico...

—Comprendido—indicó Torquemada quedándose á obscuras.

—Quiero decir que la desgracia, la necesidad, la misma bravura con que Fidela y yo luchamos por la vida, ha dado á nuestro cariño ramificaciones...

—Ramificaciones..., justo.

—Y por mucho que usted aguce su entendimiento, Sr. D. Francisco, ya tan agudo, no podrá tener idea de la bondad de mi hermana, de la dulzura de su carácter. ¡Y con qué mansedumbre cristiana se ha sometido á estas duras pruebas de nuestro infortunio! En la edad en que las jóvenes gustan de los placeres del mundo, ella vive resignada y contenta en esta pobreza, en esta obscuridad. Me parte el alma su abnegación, que parece una forma de martirio. Crea usted que si á costa de sufrimientos mayores aún de los que llevo sobre mí pudiera yo poner á mi pobre hermana en otra esfera, lo haría sin vacilar. Su modestia es para esta triste casa el único bien que quizás poseemos hoy; pero es también un sacrificio, consumado en silencio para que resulte más grande y meritorio, y la verdad, quisiera yo compensar de algún modo este sacrificio... Pero... (confusa) no sé lo que digo..., no puedo expresarme. Dispénseme si le doy un poquito de matraca. Mi cabeza es un continuo barajar de ideas. ¡Ay, la desgracia me obliga á discurrir tanto, pero tanto, que yo creo que me crece la cabeza, sí!... Tengo por seguro que con el ejercicio del pensar se desarrolla el cráneo, por la hinchazón de todo el oleaje que hay dentro... (Riendo.) Sí, sí... Y también es indudable que no tenemos derecho á marear á nuestros amigos... Dispénseme, y venga á ver á mi hermano.

Camino del cuarto del ciego Torquemada no abrió el pico, ni nada hubiera podido decir aunque quisiera, porque la elocuencia de la noble señora le fascinaba, y la fascinación le volvía tonto, dispersando sus ideas por espacios desconocidos, é inutilizando para la expresión las poquitas que quedaban.

En la mejor habitación de la casa, un gabinetito con mirador, hallábase Rafael del Águila, figura inmóvil y melancólica que tenía por peana un sillón negro. Hondísima impresión hizo en Torquemada la vista del joven sin vista, y la soberana tristeza de su noble aspecto, la resignación dulce y discreta de aquella imagen, á la cual no era posible acercarse sin cierto respeto religioso.

VI