Sentóse otra vez, y con lúgubre acento, que algo tenía de entonación profética, acabó de expresar su pensamiento en esta forma:

—Cándido, tú que eres joven y tienes ojos, has de ver cosas estupendas en esta sociedad envilecida por los negocios y el positivismo. Hoy por hoy, lo que sucede, por ser muy extraño, permite vaticinar lo que sucederá. ¿Qué pasa hoy? Que la plebe indigente, envidiosa de los ricos, les amenaza, les aterra, y quiere destruirles con bombas y diabólicos aparatos de muerte. Tras esto vendrá otra cosa, que podrás ver cuando se disipe el humo de estas luchas. En los tiempos que vienen, los aristócratas arruinados, desposeídos de su propiedad por los usureros y traficantes de la clase media, se sentirán impulsados á la venganza...; querrán destruir esa raza egoísta, esos burgueses groseros y viciosos, que después de absorber los bienes de la Iglesia, se han hecho dueños del Estado, monopolizan el poder, la riqueza, y quieren para sus arcas todo el dinero de pobres y ricos, y para sus tálamos las mujeres de la aristocracia... Tú lo has de ver, Cándido; nosotros los señoritos, los que siendo como yo, tengan ojos y vean donde hieren, arrojaremos máquinas explosivas contra toda esa turba de mercachifles soeces, irreligiosos, comidos de vicios, hartos de goces infames. Tú lo has de ver, tú lo has de ver.

En esto entró Donoso; pero la perorata estaba concluída, y el ciego recibió á su amigo con expresiones joviales. En cuatro palabras le enteró D. José de la situación, notificándole las bodas y la enfermedad de Fidela, que inopinadamente había venido á turbar las alegrías nupciales, sumiendo... Á pesar de su práctica oratoria, no supo Donoso concluir la frase, y pronunció el sumiendo tres ó cuatro veces. La idea de exagerar la dolencia, faltando á la verdad, como reiteradamente le había recomendado Cruz, le cohibía.

—Sumiendo...—repitió Rafael.—¿Á quién y en qué?

—En la desesperación...; no tanto: en la tristeza... Figúrate: ¡en día de boda, enferma gravemente!..., ó al menos de mucho cuidado. Á saber si será pulmonía insidiosa, escarlatina, viruelas...

—¿Tiene fiebre?

—Altísima; y aún no se atreve el médico á diagnosticar, hasta no ver la marcha...

—Yo diagnosticaré—dijo el ciego con altanería, y sin mostrar pena por su querida hermana.

—¿Tú?

—Yo. Sí, señor. Mi hermana se muere. Ahí tiene usted el pronóstico, y el diagnóstico, y el tratamiento, y el término fatal... Se muere.