—¡Oh, no es para tanto!...

—Que se muere digo. Lo sé, lo adivino: no puedo equivocarme.

—¡Rafael, por Dios!...

—¡Don José, por la Virgen!... ¡Ah, he aquí la solución, la única racional y lógica! Dios no podía menos de disponerlo así en su infinita sabiduría.

Iba y venía como un demente, presa de agitación insana. No se consolaba D. José de haberle dado la noticia, y procuró atenuarla por todos los medios que su hábil retórica le sugería.

—No, si es inútil que usted trate de desmentir avisos, inspiraciones que vienen de muy alto. ¿Cómo llegan á mí, cómo se me comunica este decreto misterioso de la voluntad divina? Eso yo lo sé. Yo me entiendo. Mi hermana se muere; no lo duden ustedes. ¡Si lo estoy viendo, si tenía que ser así! Lo que debe ser es.

—No siempre, hijo mío.

—Ahora sí.

Lograron calmarle, sacándole á pasear por el corralón. D. José le propuso llevarle al lado de la enferma; pero se resistió, encerrándose en una gravedad taciturna. Después de encargar á Bernardina y los Valientes que redoblaran su vigilancia y no perdieran de vista al desdichado joven, volvió Donoso con pies de Mercurio á la calle de Silva, para comunicar á Cruz lo que en Cuatro Caminos ocurría; y tanta era la bondad del excelente señor, que no se cansaba de andar como un azacán desde el centro hasta el extremo Norte de Madrid, con tal de ser útil á los últimos descendientes de las respetabilísimas familias del Águila y de la Torre-Auñón.

Habría querido Cruz duplicarse para atender juntamente á Fidela y al ciego, y si no quería abandonar á la una, anhelaba ardientemente ver al otro, y aplacar con razones y cariños su desvarío. Por fin, á eso de las diez de la noche, hallándose la señora de Torquemada casi sin fiebre, tranquila y descansada ya de su padecer, la hermana mayor se determinó á salir, llevando consigo al paño de lágrimas de la familia, y un simón de los mejores les transportó á Cuatro Caminos. Rafael dormía profundamente. Vióle su hermana en el lecho; enteróse por Bernardina de que ninguna novedad ocurría, y vuelta á Madrid y al caserón desordenado y caótico de la calle de Silva.