—En este Madrid—dijo D. Francisco, que en aquel punto de la conversación se encontró con valor para irse soltando—se eternizan los pleitos, porque los que administran justicia no miran más que á las influencias. Si las señoras las tienen, échense á dormir. Si no, esperen sentadas el fallo. De nada le vale al pobre litigante que su derecho sea más claro que el sol, si no halla buenas aldabas á que agarrarse.

Dijo, y se sopló de satisfacción al notar lo bien que caía en los oyentes su discurso. Donoso lo apoyaba con rápidos movimientos de cabeza, que producían en la convexidad reluciente de su calva destellos mareantes.

—Lo sé por experiencia propia de mí mismo—agregó el orador, abusando lastimosamente del pleonasmo.—¡Ay qué curia, ralea del diablo, peste del infierno! Olían la carne, se figuraban que había donde hincar la uña, y me volvían loco con esperas de hoy para mañana y de este mes para el otro, hasta que yo los mandaba adonde fué el padre Padilla y un poquito más allá. Claro, como no me dejaba saquear, perdía, y por esto ahora, antes que andar por justicia, prefiero que todo se lo lleven los demonios.

Risas. Fidela le miró, diciendo de improviso:

—Sr. D. Francisco, ya sabemos que en Cadalso de los Vidrios tiene usted mucha propiedad.

—Lo sabemos—agregó Cruz—por una mujer que fué criada nuestra y que es de allá. Viene á vernos de vez en cuando, y nos trae albillo por Octubre, y en tiempo de caza, conejos y perdices.

—¿Propiedad yo?... Regular, nada más que regular.

—¿Cuántos pares?—preguntó lacónicamente Donoso.

—Diré á ustedes... Lo principal es viña. Cogí el año pasado mil y quinientas cántaras...

—¡Hola, hola!