—¡Pero si va á seis reales! Apenas se saca para el coste de laboreo y para la condenada contribución.

—No se achique—dijo Cruz.—Todos los labradores son lo mismo. Siempre llorando...

—Yo no lloro, no, señora... No vayan á creer que estoy descontento de la suerte. No hay queja, no. Tengo, sí, señora, tengo. ¿Á qué lo he de negar, si es el fruto de mi sudor?

—Vamos, que es usted riquísimo—dijo Fidela en tono que lo mismo podía ser de burla que de desdén, con un poquito de asombro, como si detrás de aquella frase hubiese una vaga acusación á la Providencia por lo mal que repartía las riquezas.

—Poco á poco... ¿Qué es eso de riquísimo? Hay, sí, señora; hay para una mediana olla. Tengo algunas casas... Y en Cadalso, además del viñedo, hay su poco de tierra de labor, su poco de pasto...

—Va á resultar—observó el ciego en tono jovial—que con todos esos pocos se trae usted medio mundo en el bolsillo. ¡Si con nosotros no ha de partirlo usted!

Risas. Torquemada, un poquitín corrido, se arrancó á decir:

—Pues bueno, señoras y caballeros, soy rico, relativamente rico, lo cual no quita que sea humilde, muy humilde, muy llano, y que sepa vivir á lo pobre, con un triste pedazo de pan si á mano viene. Miserable me suponen algunos que me ven trajeado sin los requilorios de la moda; por pelagatos me tienen los que saben mi cortísimo gasto de casa y boca, y el no suponer, el no pintarla nunca. Como que ignoro lo que es darse lustre, y para mí no se ha hecho la bambolla.

Al oir este arranque, en que D. Francisco puso cierto énfasis, Donoso, después de reclamar con noble gesto la atención, endilgó un solemne discurso, que todos oyeron religiosamente, y que merece ser consignado, pues de él se derivan actitudes y determinaciones de la mayor importancia en esta real historia.

XI