—¿Á qué hacer un misterio de la riqueza bien ganada?—dijo Donoso en tono grave, midiendo las palabras y oyéndose el concepto, por lo que venía á ser á un tiempo mismo orador y público.—¿Á qué disimularla con mal entendida humildad? Resabio es ese, Sr. D. Francisco, de una educación meticulosa, y de costumbres que debemos desterrar si queremos que haya bienestar y progreso y que florezcan el comercio y la industria. ¿Y á qué vienen, Sr. D. Francisco, esa exagerada modestia, esos hábitos de sobriedad sórdida, sí, señor, sórdida, en desacuerdo con los posibles atesorados por el trabajo? ¿Á qué viene ese vivir con apariencias de miseria poseyendo millones, y cuando digo millones, digo también miles, ó lo que sea? No; cada cual debe vivir en armonía con sus posibles, y así tiene derecho á exigirlo la sociedad. Viva el jornalero como jornalero, y el capitalista como capitalista, pues si es chocante ver á un pobre pelele echando la casa por la ventana, no lo es menos ver á un rico escatimando el céntimo y rodeado de escaseces y porquerías. No: cada cual según su porqué; y el rico que vive con miseria entre gente zafia y ordinaria, peca gravemente, sí, señor, pero contra la sociedad. Esta necesita constituir una fuerza resistente contra los embates del proletariado envidioso. ¿Y con qué elementos ha de constituir esa fuerza sino con la gente adinerada? Pues si los terratenientes y los rentistas se meten en una covacha y esconden lo que les da el derecho de ocupar las grandes posiciones, si renuncian á éstas y se hacen pasar por mendigos, ¿en quién, digo yo, en quién ha de apoyarse la sociedad para su mejor defensa?
Se cruzó de brazos. Nadie le contestaba, porque nadie se atrevía á interrumpir con palabra ni gesto retahila tan elocuente. Siguió diciendo:
—La riqueza impone deberes, señor mío; ser pudiente y no figurar como tal en el cuadro social, es yerro grave. El rico está obligado á vivir armónicamente con sus posibles, gastándolos con la prudencia debida y presentándose ante el mundo con esplendor decoroso. La posición, amigo mío, es cosa muy esencial. La sociedad designa los puestos á quienes deben ocuparlos. Los que huyen de ellos, dejan á la sociedad desamparada y en poder de la pillería audaz. No, señor; hay que penetrarse bien de las obligaciones que nos trae cada moneda que entra en nuestro bolsillo. Si el pudiente vive cubierto de harapos, ¿me quiere usted decir cómo ha de prosperar la industria? Pues y el comercio, ¿me quiere usted decir cómo ha de prosperar? ¡Adiós riqueza de las naciones, adiós movimiento mercantil, adiós cambios, adiós belleza y comodidad de las grandes capitales, adiós red de caminos de hierro!... Y hay más. Las personas de posición constituyen lo que llamamos clases directoras de la sociedad. ¿Quién da la norma de cuanto acontece en el mundo? Las clases directoras. ¿Quién pone un valladar á las revoluciones? Las clases directoras. ¿Quién sostiene el pabellón de la moralidad, de la justicia, del derecho público y privado? Las clases directoras. ¿Le parece á usted que habría sociedad, y que habría paz, y que habría orden y progreso, si los ricos dijeran: «pues mire usted, no me da la gana de ser clase directora, y me meto en mi agujero, me visto con siete modas de atraso, no gasto un maravedí, como como un cesante, duermo en un jergón lleno de pulgas, no hago más que ir metiendo mis rentas en un calcetín, y allá se las componga la sociedad, y defiéndase como pueda del socialismo y de las trifulcas. Y la industria que muera, pues para nada me hace falta; y el comercio que lo parta un rayo; y las vías de comunicación que se vayan en hora mala. ¿Ferrocarriles? Si yo no viajo, ¿para qué los quiero? ¿Urbanización, higiene, ornato de las ciudades? Á mí qué. ¿Policía, justicia? Como no pleiteo, como no falto á la ley escrita, vayan con mil demonios...»?
Detenido para tomar aliento, el labio palpitante, acalorado el pecho, oyóse un vago rumor de aprobación, la cual no se manifestaba con aplausos por el excesivo respeto que á todos el orador infundía.
Pausa. Transición de lo serio á lo familiar.—No tome á mal, Sr. D. Francisco, esta filípica que me permito echarle. Óigala con benevolencia, y después usted, en su buen juicio, hará lo que le acomode... Hablamos aquí como amigos, y cada cual dice lo que siente. Pero yo soy muy claro, y con las personas á quienes estimo de veras uso una claridad que á veces encandila. Conozco bien la sociedad. He vivido más de cuarenta años en contacto con todas las eminencias del país; he aprendido algo; no me faltan ideas; sé apreciar las cosas; la experiencia me da cierta autoridad. Usted me parece persona muy sensata, de muy buen sentido, sólo que demasiado metido en su concha. Es usted el caracol, siempre con la casa á cuestas. Hay que salir, vivir en el mundo... Me permito decirle mi parecer, porque yo predico á los hombres agudos: á los tontos no les digo nada. No me entenderían.
—Bien, bien—murmuró Torquemada, que atontado por el terrible efecto de las amonestaciones de Donoso, no acertaba á expresar su admiración.—Ha hablado usted como Séneca; no, mejor, mucho mejor que Séneca... Es que..., diré á ustedes... Como yo me crié pobre, y con estrechez he vivido ahorrando hasta la saliva, no puedo acostumbrarme... ¿Cuál es el camino más derecho del mundo? La costumbre..., y por él voy. ¿Yo metiéndome á clase directora? ¿Yo pintándola por ahí? ¿Yo echando facha y...? No, no puede ser; no me cae, no me comprendo así, vamos.
—¡Si no es echar facha, por Dios!
—Si más afectación, y por consiguiente más facha, hay en aparentar pobreza siendo rico.
—Sólo se trata de dar á la verdad su natural semblante.
—Se trata de representar lo que se es.