—Otra cosa es engaño.

—Mentira, farsa.

—No basta ser rico, sino parecerlo.

—Justo.

—Cabal.

Estos comentarios, expresados rápidamente por los tres Águilas sin dar á D. Francisco tiempo para hacerse cargo de cada uno de ellos, le envolvieron en un torbellino. Sus oídos zumbaban; las ideas penetraban en su mente como una bandada de alimañas perseguidas, y volvían á salir en tropel para revolotear por fuera. Balbuciente primero, con segura voz después, manifestóse conforme con tales ideas, asegurando que ya había pensado en ello despacio, y que se reconocía fuera de su natural centro y clase; pero ¿cómo vencer su genio corto y encogido, cómo aprender de golpe las mil cosas que una persona de posibles debe saber? Echóse instintivamente por este camino de sinceridad, después de muchos tropezones y reticencias, y antes de que pensara si le sería conveniente declarar su incapacidad para la finura, ya la había declarado y confesado como un niño sorprendido en falta. ¿Qué remedio ya? Lo dicho, dicho estaba, y no se volvía atrás. Donoso le arguyó con razones poderosas; Cruz sostuvo que otros más desmañados andaban por el mundo hechos unos príncipes, y Fidela y el ciego le animaban con observaciones festivas, que si algo tenían de burla, era ésta tan discreta y sazonada que no podía ofenderle.

Charla charlando llegó el fin de la velada, y tan gustoso se encontraba allí el hombre, que habría podido creer que su conocimiento con las Águilas y con Donoso databa de fecha muy remota; de tal modo se le iban metiendo en el corazón. Juntos salieron los dos amigos de la casa, y por el camino platicaron cuanto les dió la gana sobre negocios, maravillándose D. Francisco de lo fuerte que estaba D. José en aquellas materias, y de lo bien que discurría sobre el interés del capital y demás incumbencias económicas.

Y solo ya en su madriguera, recordaba el prestamista, palabra por palabra, el réspice que le echó aquel su nuevo amigo y ya director espiritual, pues pensaba seguir lo mejor que pudiese su sapientísima doctrina. Lo que le había dicho sobre los deberes del rico y la ley de las posiciones sociales era cosa que se debía oir de rodillas, algo como el sermón de la Montaña, la nueva ley que debía transformar el mundo. El mundo en aquel caso era él, y Donoso el Mesías que había venido á volverlo todo patas arriba y á fundar nueva sociedad sobre las ruinas de la vieja. En sus ratos de desvelo, no pensaba don Francisco más que en el sastre á que había de encargar una levita herméticamente cerrada como la de Donoso, en el sombrerero que le decoraría la cabeza y en otras cosas pertinentes á la vestimenta. ¡Oh! ¡Sin pérdida de tiempo había que declarar la guerra á la facha innoble, al vestir sucio y ordinario! Bastantes años llevaba ya de adefesio. La sociedad fina le reclamaba como á un desertor, y allá se iba derecho, con botas de charol y todo lo demás que le correspondía.

Pero su mayor asombro era que en una sola noche de palique con aquellas dignísimas personas, había aprendido más términos elegantes que en diez años de su vida anterior. Del trato con doña Lupe había sacado (en justicia debía decirlo) diferentes modos de hablar que le daban mucho juego. Por ejemplo, con ella aprendió á decir: plantear la cuestión, en igualdad de circunstancias, hasta cierto punto y á grandes rasgos. Pero ¿qué significaba esta miseria de lenguaje con las cosas bonitísimas que acababa de asimilarse? Ya sabía decir ad hoc (pronunciaba azoc), partiendo del principio, admitiendo la hipótesis, en la generalidad de los casos; y, por último, gran conquista era aquello de llamar á todas las cosas el elemento tal, el elemento cual. Creía él que no había más elementos que el agua y el fuego, y ahora salíamos con que es muy bello decir los elementos conservadores, el elemento militar, eclesiástico, etc.

Al día siguiente todas las cosas se le antojaron distintas de como ordinariamente las veía. «¿Pero me he vuelto yo niño?», se dijo, notando en sí un gozo que le retozaba por todo el cuerpo, una como ansia de vivir ó dulce presagio de felicidades. Todas las personas de su conocimiento que aquel día vió pareciéronle de una tosquedad intolerable. Algunas le daban asco. El café del Gallo y el de las Naranjas, adonde tuvo que ir en persecución de un infeliz deudor, pareciéronle indecorosos. Amigos encontró que no andaban á cuatro pies por especial gracia de Dios, y los había que le apestaban. «Atrás, ralea indecente», se decía, huyendo del trato de los que fueron sus iguales, y refugiándose en su casa, donde al menos tenía la compañía de sus pensamientos, que eran unos pensamientos muy guapos, de levita y sombrero de copa, graves, sonrientes y con tufillo de agua de colonia.