Recibió á su hija con cierto despego aquel día, diciéndole: «¡Pero qué facha te traes! Hasta me parece que hueles mal. Eres muy ordinaria, y tu marido el cursi más grande que conozco, uno de nuestros primeros cursis.»
XII
Dicho se está que antes faltaran las estrellas en la bóveda celeste que Torquemada en la tertulia de las señoras del Águila y en la confraternidad del señor de Donoso, á quien poco á poco imitaba, cogiéndole los gestos y las palabras, la manera de ponerse el sombrero, el tonito para saludar familiarmente, y hasta el modo de andar. Bastaron pocos días para entablar amistad. Empezó el tacaño por hacerse el encontradizo con su modelo en Recoletos, donde vivía; le visitó luego en su casa con pretexto de consulta sobre un préstamo á retro que acababan de proponerle, y por mediación de Donoso hizo después otro hipotecario en condiciones muy ventajosas. De noche se veían en casa de las del Águila, donde el tacaño había adquirido ya cierta familiaridad. No sentía encogimiento, y viéndose tratado con benevolencia y hasta con cariño, arrimábase al calor de aquel hogar en que dignidad y pobreza eran una misma cosa. Y no dejaba de notar cierta diferencia en la manera de tratarle las cuatro personas de aquella gratísima sociedad. Cruz era quien mayores miramientos tenía con él, mostrándole en toda ocasión una afabilidad dulce y deseos de contentarle. Donoso le miraba como amigo leal. En Fidela creía notar cierto despego y algo de intención zumbona, como si delicadamente y con mucha finura quisiera á veces... lo que en estilo vulgar se llama tomar el pelo; y en fin, Rafael, sin faltar á la urbanidad, siempre correcto y atildado, le llevaba la contraria en muchas de las cosas que decía. Poquito á poco vió D. Francisco que se marcaba una división entre los cuatro personajes, dos á un lado, dos al otro. Si en algunos casos la división no existía y todo era fraternidad y concordia, de repente la barrerita se alzaba, y el avaro tenía que alargar un poco la cabeza para ver á Fidela y al ciego de la parte de allá. Y ellos le miraban á él con cierto recelo, que era lo más incomprensible. ¿Por qué tal recelo, si á todos les quería, y estaba dispuesto á descolgarse con algún sacrificio de los humanamente posibles, dentro de los límites que le imponía su naturaleza?
Cruz sí que se le entraba por las puertas del alma con su afabilidad cariñosa, y aquel gracejo que le había dado Dios para tratar todas las cuestiones. Poquito á poco fué creciendo la familiaridad, y era de ver con qué salero sabía la dama imponerle sus ideas, trocándose de amiga en preceptora. «D. Francisco, esa levita le cae á usted que ni pintada. Si no moviera tanto los brazos al andar, resultaría usted un perfecto diplomático...» «D. Francisco, haga por perder la costumbre de decir mismamente y ojo al Cristo. No sienta bien en sus labios esa manera de hablar...» «D. Francisco, ¿quién le ha puesto á usted la corbata?, ¿el gato? Creeríase que no han andado manos en ella, sino garras...» «D. Francisco, siga mi consejo y aféitese la perilla, que mitad blanca y mitad negra, tiesa y amenazadora, parece cosa postiza. El bigote solo, que ya le blanquea, le hará la cara más respetable. No debe usted parecer un oficial de clase de tropa, retirado. Á buena presencia no le ganará nadie si hace lo que le digo...» «Don Francisco, quedamos en que desde mañana no me trae acá el cuello marinero. Cuellito alto, ¿estamos? Ó ser ó no ser persona de circunstancias, como usted dice...» «D. Francisco, usa usted demasiada agua de colonia. No tanto, amigo mío. Desde que entra usted por la puerta de la calle, vienen aquí esos batidores del perfume anunciándole. Medida, medida, medida en todo...» «D. Francisco, prométame no enfadarse, y le diré..., ¿se lo digo?..., le diré que no me gusta nada su escepticismo religioso. ¡Decir que no le entra el dogma! Aparte la forma grosera de expresarlo, ¡entrarle el dogma!, la idea es abominable. Hay que creer, señor mío. Pues qué, ¿hemos venido á este mundo para no pensar más que en el miserable dinero?»
Dicho se está que con estas reprimendas dulces y fraternales se le caía la baba al hombre, y allí era el prometer sumisión á los deseos de la señora, así en lo chico como en lo grande, ya en el detalle nimio de la corbata, ya en el grave empeño de apechugar á ojos cerrados con todas y cada una de las verdades religiosas.
Fidela se permitía dirigirle iguales admoniciones, si bien en tono muy distinto, ligeramente burlón y con toques imaginativos muy graciosos. «D. Francisco, anoche soñé que venía usted á vernos en coche, en coche propio, como debe tenerlo un hombre de posibles. Vea usted cómo los sueños no son disparates. La realidad es la que no da pie con bola, en la mayoría de los casos... Pues sí, sentimos el estrépito de las ruedas, salí al balcón, y me veo á mi don Francisco bajar del landeau, el lacayo en la portezuela, sombrero en mano...»
—¡Ay, qué gracia!...
—Dijo usted al lacayo no sé qué..., con ese tonillo brusco que suele usar..., y subió. No acababa nunca de subir. Yo me asomé á la escalera, y le vi sube que te sube, sin llegar nunca, pues los escalones aumentaban á cientos, á miles, y aquello no concluía. Escalones, siempre escalones... Y usted sudaba la gota gorda... Ya por último subía encorvadito, muy encorvadito, sin poder con su cuerpo..., y yo le daba ánimos. Se me ocurrió bajar, y el caso es que bajaba, bajaba sin poder llegar hasta usted, pues la escalera se aumentaba para mí bajando como para usted subiendo...
—¡Ay qué fatiga, y qué sueños tan raros!
—Esta es así—dijo Cruz riendo.—Siempre sueña con escaleras.