—Es verdad. Todos mis sueños son de subir y bajar. Amanezco con las piernas doloridas y el pecho fatigado. Subo por escaleras de papel, por escaleras de diamante, por escalas tan sutiles como hilos de araña. Bajo por peldaños de metal derretido, por peldaños de nieve, y por un sin fin de cosas, que son mis propios pensamientos puestos unos debajo de otros... ¿Se ríen?
Sí que se reían, Torquemada principalmente, con toda su alma, sin sentirse lastimado por el ligero acento de sátira que salpimentaba la conversación de Fidela como un picante usado muy discretamente. El sentimiento que la joven del Águila le inspiraba era muy raro. Habría deseado que fuese su hija, ó que su hija Rufina se le pareciese, cosas ambas muy difíciles de pasar del deseo á la realidad. Mirábala como una niña á quien no se debía consentir ninguna iniciativa en cosas graves, y á quien convenía mimar, satisfaciendo de vez en cuando sus antojos infantiles. Fidela solía decir que le encantaban las muñecas, y que hasta la época en que la adversidad le impuso deberes domésticos muy penosos, se permitía jugar con ellas. Conservaba de los tiempos de su niñez opulenta algunas muñecas magníficas, y á ratos perdidos, en la soledad de la noche, las sacaba para recrearse y charlar un poco con sus mudas amigas, recordando la edad feliz. Confesábase además golosa. En la cocina, siempre que hacían algún postre de cocina, fruta de sartén ó cosa tal, lo saboreaba antes de servirlo, y el repuesto de azúcar tenía en la cocinera un enemigo formidable. Cuando no mascaba un palito de canela, roía las cáscaras de limón; se comía los fideos crudos, los tallos tiernos de lombarda y las cáscaras de queso.—Soy el ratón de la casa—decía con buena sombra,—y cuando teníamos jilguero, yo le ayudaba á despachar los cañamones. Me gusta extraordinariamente chupar una hojita de perejil, roer un haba ó echar en la boca un puñadito de arroz crudo. Me encanta el picor de la corteza de los rabanitos, y la miel de la Alcarria me trastorna hasta el punto de que la estaría probando, probando, por ver si es buena, hasta morirme. Por barquillos soy yo capaz de no sé qué, pues me comería todos los que se hacen y se pueden hacer en el mundo; tanto, tanto me gustan. Si me dejaran, yo no comería más que barquillos, miel y... ¿á que no lo acierta, don Francisco?
—¿Cacahuet?
—No.
—¿Piñones confitados?
—Tampoco.
—¿Pasas, alfajores, guirlache, almendras de Alcalá, bizcochos borrachos?
—Los bizcochos borrachos también me emborrachan á mí; pero no es eso, no es eso. Es...
—Chufas—dijo el ciego para concluir de una vez.
—Eso es... Me muero por las chufas. Yo mandaría que se cultivara esa planta en toda España, y que se vendiera en todas las tiendas para sustituir al garbanzo. Y la horchata debiera usarse en vez de vino. Ahí tiene usted una cosa que á mí no me gusta, el vino. ¡Qué asco! ¡Vaya con lo que inventan los hombres! Estropear las uvas, una cosa tan buena, por sacar de ellas esa bebida repugnante... Á mí me da náuseas, y cuando me obligan á beberlo, me pongo mala, caigo dormida y sueño los desatinos más horripilantes: que la cabeza me crece, me crece hasta ser más grande que la iglesia de San Isidro, ó que la cama en que duermo es un organillo de manubrio, y yo el cilindro lleno de piquitos que volteando hace sonar las notas... No, no me den vino, si no quieren que me vuelva loca.