¡Lo que se divertían Donoso y Torquemada con estas originalidades de la simpática joven! Deseando mostrarle un puro afecto paternal, no iba nunca D. Francisco á la tertulia sin llevar alguna golosina para el ratoncito de la casa. Felizmente, en la Travesía del Fúcar, camino de la calle de San Blas, tenía su tienda de esteras y horchata un valenciano que le debía un pico á Torquemada, y éste no pasaba por allí ninguna tarde sin afanarle con buenos modos un cartuchito de chufas. «Es para unos niños», solía decirle. El confitero de la calle de las Huertas, deudor insolvente, le pagaba, á falta de moneda mejor, intereses de caramelos, pedacitos de guirlache, alguna yema, melindres de Yepes ó mantecadas de Astorga, género sobrante de la última Navidad, y un poco rancio ya. Hacía de ello el tacaño paquetitos, con papeles de colores que el mismo confitero le daba, y corriéndose alguna vez á adquirir en la tienda de ultramarinos el cuarterón de pasas ó la media librita de galletas inglesas, no había noche que entrara en la tertulia con las manos vacías. Todo ello no le suponía más que una peseta y céntimos cada vez que tenía que comprarlo, y con tan poco estipendio se las daba de hombre galante y rumboso. Rebosando dulzura, con todas las confiterías del mundo metidas en su alma, presentaba el regalito á la damisela, acompañándolo de las expresiones más tiernas y mejor confitadas que podía dar de sí su tosco vocabulario. «Vamos, sorpresa tenemos. Esta no la esperaba usted... Son unas cosas de chocolate fino que llaman pompones, con hoja de papel de plata fina y más rico que el mazapán.» No podía corregirse la costumbre de anunciar y ponderar lo que llevaba. Acogía Fidela la golosina con grandes extremos de agradecimiento y alegría infantil, y D. Francisco se embelesaba viéndola hincar en la sabrosa pasta sus dientes, de una blancura ideal, los dientes más iguales, más preciosos y más limpios que él había visto en su condenada vida; dientes de tan superior hechura y matiz, que nunca creyó pudiese existir en la humanidad nada semejante. Pensando en ellos decía: «¿Tendrán dientes los ángeles?, ¿morderán?, ¿comerán?... Vaya usted á saber si tendrán dientes y muelas, ellos que, según rezan los libros de religión, no necesitan comer. ¿Y á qué es plantear esa cuestión? Falta saber que haiga ángeles.»
XIII
La amistad entre Donoso y Torquemada se iba estrechando rápidamente, y á principios del verano D. Francisco no ponía mano en cosa alguna de intereses sin oir el sabio dictamen de hombre tan experto. Donoso le había ensanchado las ideas respecto al préstamo. Ya no se reducía al estrecho campo de la retención de pagas á empleados civiles y militares, ni á la hipoteca de casas en Madrid. Aprendió nuevos modos de colocar el dinero en mayor escala, y fué iniciado en operaciones lucrativas sin ningún riesgo. Próceres arruinados le confiaron su salvación, que era lo mismo que entregársele atados de pies y manos; sociedades en decadencia le cedían parte de las acciones á precio ínfimo con tal de asegurar sus dividendos, y el Estado mismo le acogía con benignidad. Todo el mecanismo del Banco, que para él había sido un misterio, le fué revelado por Donoso, así como el manejo de Bolsa, de cuyas ventajas y peligros se hizo cargo al instante con instinto seguro. El amigo le asesoraba con absoluta lealtad, y cuando le decía: «compre usted Cubas sin miedo», D. Francisco no vacilaba. Armonía inalterable reinaba entre ambos sujetos, siendo de admirar que en la intervención de Donoso en los tratos torquemadescos, resplandecía siempre el más puro desinterés. Habiéndole proporcionado dos ó tres negocios de gran monta, no quiso cobrarle corretaje ni cosa que lo valiera.
Al compás de esta transformación en el orden económico, iba operándose la otra, la social, apuntada primero tímidamente en reformas de vestir, y llevada á su mayor desarrollo por medio de transiciones lentas, para que el cambiazo no saltara á la vista con crudezas de sainete. El uso del hongo atenuaba la rutilante aparición de un terno nuevo de paño color de pasa, y los resplandores de la chistera flamante se obscurecían y apagaban con un gabán de cuello algo seboso, contemporáneo de la entrada de nuestras valientes tropas en Tetuán. Tenía suficiente sagacidad para huir del ridículo, ó para sortearlo con hábiles combinaciones. Aun así, la metamorfosis fué cogida al vuelo por más de un guasón de los barrios en que residían sus principales conocimientos, y no faltaron cuchufletas ni venenosas mordeduras. Sin hacer caso de ellas, D. Francisco iba dando de lado á sus tradicionales relaciones, y ya no podía disimular el despego que le inspiraban sus amigos del café del Gallo y de diversas tiendas y almacenes de la calle de Toledo, despego que para algunos era antipatía más ó menos declarada y para otros aversión. Alguien encontraba natural que D. Francisco quisiera pintarla, poseyendo, como poseía, más que muchos que en Madrid iban desempedrando las calles en carretelas no pagadas ó que vivían de la farsa y del enredo. Y no faltó quien, viéndole con pena alejarse de la sociedad en que había ganado el primer milloncito de reales, le tildara de ingrato y vanidoso... Al fin, hacía lo que todos: después de chupar á los pobres hasta dejarles sin sangre, levantaba el vuelo hacia las viviendas de los ricos.
Y si en los hábitos, particularmente en el vestir, la evolución se marcaba con rasgos y caracteres que podía observar todo el mundo, en el lenguaje no se diga. Ya sabía decir cada frase que temblaba el misterio, y se iba asimilando el hablar de Donoso, con un gancho imitativo increíble á sus años. Verdad que á lo mejor afeaba los conceptos con groseros solecismos, ó tropezaba en obstáculos de sintaxis. Pero así y todo, á quien no le conociera le daba el gran chasco, porque advertido por su sagacidad de los peligros de hablar mucho, se concretaba á lo más preciso, y el laconismo y tal cual dicharacho pescado en la boca de Donoso le hacían pasar por hombre profundo y reflexivo. Más de cuatro, que por primera vez en aquellos días se le echaron á la cara, veían en él un sujeto de mucho conocimiento y gravedad, oyéndole estas ó parecidas razones: «Tengo para mí que los precios de la cebada serán un enizma en los meses que siguen, por la actitud expectante de los labradores.» Ó esta otra: «Señores, yo tengo para mí (el ejemplo de Donoso le hacía estar constantemente teniendo para sí) que ya hay bastante libertad, y bastante naufragio universal, y más derechos que queremos. Pero yo pregunto: ¿Esto basta? ¿La nación, por ventura, no come más que principios? ¡Oh!, no... Antes del principio, désele el cocido de una buena administración, y la sopa de un presupuesto nivelado... Ahí está el quiquiriquí... Ahí le duele..., ahí... Que me administren bien, que no gotee un céntimo..., que se mire por el contribuyente, y yo seré el primero en felicitarme de ello á fuer de español y á fuer de contribuyente...» Alguien decía oyéndole hablar: «Un poco tosco es este tío; pero ¡qué bien discurre!» ¡Y qué ingenioso el chiste de llamar naufragio al sufragio! Dicho se está que lo juicioso de sus manifestaciones y su fama de hombre de guita le iban ganando amigos en aquella esfera en que desplegaba sus alas. Manifestaciones eran para él cuanto se hablaba en el mundo, y tan en gracia le cayó el término, que no dejaba de emplearlo en todo caso, así le dieran un tiro. Manifestaciones lo dicho por Cánovas en un discurso que se comentaba; manifestaciones lo dicho por la portera de la casa de la calle de San Blas, acerca de si los chicos del tercero hacían ó no hacían aguas menores sobre los balcones del segundo.
Y ya que se nombra la casa de D. Francisco, debe añadirse que la primera vez que entró en ella Donoso para tratar de un fuerte préstamo que solicitaban los duques de Gravelinas, se asombró de lo mal que vivía su amigo; y valido de la confianza que ya tenía con él, se permitió amonestarle en aquel tonillo paternal que tan buen resultado le daba: «No lo creería si no lo viera, amigo D. Francisco... Es que me enfado; tómelo como quiera, pero me enfado, sí, señor... Vamos á ver: ¿no le da vergüenza de vivir en este tugurio? ¿No comprende que hasta su crédito pierde con tener casa tan miserable? ¡Qué dirá la gente! Que es usted Alejandro en puño, un avaro de mal pelaje, como los que se estilan en las comedias. Créame: esto le hace poco favor. Tal como es el hombre, debe ser la casa. Me carga que no se tenga de una personalidad como usted el concepto que merece.»
—¡Pues yo, Sr. D. José, me acomodo tan bien aquí...! Desde que perdí á mi querido hijo, le tomé asco á los barrios del centro. Vivo aquí muy guapamente, y tengo para mí que esta casa me ha traído buena suerte... Pero no vaya á creer, ¡cuidado!, que echo en saco roto sus manifestaciones. Se pensará, D. José, se pensará...
—Piénselo, sí. ¿No le parece que en vez de andar buscando con un candil inquilino para el principal de su casa de la calle de Silva, debe usted instalarse en él?
—¡En aquel principal tan grande!... ¡Veintitrés piezas, sin contar el...! ¡Oh!, no; ¡qué locura! ¿Qué hago yo en aquel palaciote, yo solo, sin necesidades, yo, que sería capaz de vivir á gusto en un cajón de vigilantes de consumos, ó en una garita de guarda-agujas?
—Siga mi consejo, Sr. D. Francisco—añadió Donoso, cogiéndole la solapa,—y múdese al principal de la calle de Silva. Aquella es la residencia natural del hombre que me escucha. La sociedad tiene también sus derechos, á los cuales es locura querer oponer el gusto individual. Tenemos derecho á ser puercos, sórdidos, y á desayunarnos con un mendrugo de pan, cierto; pero la sociedad puede y debe imponernos un coram vobis decoroso. Hay que mirar por el conjunto.