—¡Pero D. José de mi alma, mi personalidad se perderá en aquel caserón, y no sabrá cómo arreglarse para abrir y cerrar tanta puerta!
—Es que usted...
Hizo punto Donoso, como sin atreverse con la manifestación que preparaba; pero después de una corta perplejidad, acomodó sus caderas en el sillón no muy blando que de pedestal le servía, miró á D. Francisco severamente, y accionando con el bastón, que parecía signo de autoridad, le dijo:
—Somos amigos... Tenemos fe el uno en el otro, por cierta compenetración de los caracteres...
—¡Compenetración!—repitió Torquemada para sí, apuntando la bonita palabra en su mente.—No se me olvidará.
—Supongo que usted creerá leal y sincero, inspirado en un interés de verdadero amigo, cuanto yo me permita manifestarle.
—Cierto, por la com... compenetranza..., penetración...
—Pues yo sostengo, amigo D. Francisco, y lo digo sin rodeos, clarito, como se le deben decir á usted las cosas..., sostengo que usted debe casarse.
Aunque parezca lo contrario, no causó desmedido asombro en Torquemada la manifestación de su amigo; pero creyó del caso pintar en su rostro la sorpresa:
—¡Casarme yo, á mis años!... ¿Pero lo dice de verdad? ¡Cristo!, casarme... Ahí es nada lo del ojo... Como si fuera beberse un vaso de agua... ¿Soy algún muchacho?