—¡Bah!... ¿Qué tiene usted, cincuenta y cinco, cincuenta y siete...? ¿Qué vale eso? Está usted hecho un mocetón, y la vida sobria y activa que ha llevado le hacen valer más que toda la juventud encanijada que anda por ahí.
—Como fuerte, ya lo soy. No siento el correr de la edad... Á robustez no me gana nadie, ni á... Qué se yo... Tengo para mí que no carecería de facultades; digo, me parece... Pero no es eso. Digo que adónde voy yo ahora con una mujer colgada del brazo, ni qué tengo yo que pintar en el matrimonio, encontrándome, como me encuentro, muy á mis anchas en el elemento soltero.
—¡Ah!..., eso dicen todos...: libertad, comodidad..., el buey suelto... Pero y en la vejez, ¿quién ha de cuidarle? Y esa atmósfera de santo cariño, ¿con qué se sustituye cuando llegamos á viejos?... ¡La familia, Sr. D. Francisco! ¿Sabe usted lo que es la familia? ¿Puede una personalidad importante vivir en esta celda solitaria y fría, que parece el cuarto de una fonda? ¡Oh! ¿No lo comprende, bendito de Dios? Cierto que usted tiene una hija; pero su hija mirará más por la familia que ella se cree que por usted. ¿De qué le valdrán sus riquezas en la espantosa soledad de un hogar sin afecciones, sin familia menuda, sin una esposa fiel y hacendosa?... Dígame: ¿De qué le sirven sus millones? Reflexione..., considere que nada puedo aconsejarle yo que no sea la misma lealtad. La posición quiere casa, y la casa quiere familia. ¡Buena andaría la sociedad si todos pensaran como usted y procedieran con ese egoísmo furibundo! No, no; nos debemos á la sociedad, á la civilización, al Estado. Crea usted que no se puede pertenecer á las clases directoras sin tener hijos que educar, ciudadanos útiles que ofrecer á esa misma colectividad que nos lleva en sus filas, porque los hijos son la moneda con que se paga á la nación los beneficios que de ella recibimos...
—Pero venga acá, D. José, venga acá—dijo Torquemada echándose atrás el sombrero y tomando muy en serio la cosa.—Vamos á cuentas. Partiendo del principio de que á mí me dé ahora el naipe por contraer matrimonio, queda en pie la gran cuestión, la madre del cordero... ¿Con quién...?
—¡Ah!..., eso no es cuenta mía. Yo planteo la cuestión; no soy casamentero. ¿Con quién? Busque usted...
—Pero D. José, venga acá. ¡Á mis años...! ¿Qué mujer me va á querer á mí con esta facha?... Digo, mi facha no es tan mala, ¡cuidado! Otras hay peores.
—Digo... si las hay peores.
—Con cincuenta y seis años que cumpliré el 21 de Septiembre, día de San Mateo... Cierto que no faltaría quien me quisiera por mi guano..., digo, por mi capital; pero eso no me llena, ni puede llenar á ningún hombre de juicio.
—¡Oh!, naturalmente. Bien sé yo que si usted anunciara su blanca mano, se presentarían cien mil candidatas. Pero no se trata de eso. Usted, si acepta mis indicaciones, contrarias de todo en todo al celibato, busque, indague, coja la linterna y mire por ahí. ¡Ah, ya sabrá, ya sabrá escoger lo mejorcito! Á buena parte van. Mi hombre sabe ver claro, y posee una sagacidad que da quince y raya al lucero del alba. No, no temo yo que pueda resultar una mala elección. ¿Existe la persona que emparejará dignamente con D. Francisco? Pues si existe, contemos con que D. Francisco la encuentra, aunque se esconda cien estados bajo tierra.
—¡Vaya, que á mis años...!—repitió el usurero con ligera inflexión de lástima de sí mismo.