—No tergiverse la cuestión ni se escape por la tangente de su edad... ¡Su edad! Si es la mejor. Como usted, en caso de volver á la cofradía, no habría de descolgarse con una mocosa, frívola y llena la cabeza de tonterías, sino con una mujer sentada...

—¿Sentada?

—Y de una educación intachable...

—¡Pero qué cosas tiene D. José!... Salir ahora con la peripecia de que debo casarme... ¡Y todo por la... colectividad!—dijo Torquemada rompiendo á reir como un muchacho, ávido de bromas.

—No—replicó Donoso, levantándose despacio, como quien acaba de cumplir un alto deber social,—no hago más que señalar una solución conveniente; no hago más que decir al amigo lo que entiendo razonable y eminentemente práctico.

Salieron juntos, y aquel día no hablaron más de casorio. Pero antes de que concluyera la semana, D. Francisco se mudó á su amplísimo principal de la calle de Silva.

XIV

Había él oído mil veces el casado casa quiere; pero nunca oyó que por el simple hecho de tener casa debiera un cristiano casarse. En fin, cuando Donoso lo decía, su poco de razón habría seguramente en ello. Las noches que siguieron á aquella memorable conversación, estuvo el hombre receloso y asustado en la tertulia de las señoras del Águila. Temía que D. José saliese allí con la tecla del casorio, y francamente, si llegaba á sacarla, de fijo el aludido se pondría como un pimiento. De sólo pensarlo le subían vapores á la cara. ¿Por qué le daba vergüenza de oirse interrogar sobre nuevas nupcias delante de Crucita y Fidelita? ¿Acaso le había pasado por las mientes ahorcarse con alguna de ellas? Oh, no; eran demasiado finas para que él pretendiese tal cosa; y aunque su pobreza las bajaba enormemente en la escala social, conservaban siempre el aquel aristocrático, barrera perfumada que no podía salvar con todo su dinero un hombre viejo, groserote y sin principios. No; nunca soñó tal alianza. Si alguien se la hubiera propuesto, el hombre habría creído que se reían en sus barbas.

Una noche Cruz le habló de Valentinico, y las dos hermanas mostraron tal interés en saber pormenores de la vida y muerte del prodigioso niño, que Torquemada no paró de hablar hasta muy alta la noche, contando la triste historia con sinceridad y sin estudio, en su lenguaje propio, olvidado de los terminachos que se le caían de la boca á Donoso y que él recogía. Habló con el corazón, narrando alegrías de padre, las amarguras de la enfermedad que le arrebató su esperanza, y con calor y naturalidad tan elocuentes se expresó el hombre, que las dos damas lloraron, sí, lloraron, y Fidela más que su hermana; como que no hacía más que sonarse y empapar el pañuelo en los ojos. Rafael también oyó con recogimiento lo que contaba D. Francisco; pero no lloraba, sin duda por no ser propio de hombres, ni aun ciegos, llorar. Él sí que echaba unos lagrimones del tamaño de garbanzos, como siempre que alguien refrescaba en su espíritu la fúnebre historia.

Y para que se vea cómo se enlazan los hechos humanos y cómo se va tejiendo esta trenza del vivir, aquella noche, paseándose en su cuarto delante del altarito con las velas encendidas, no podía pensar más que en las dos damas gimoteando por la memoria del pobre Valentinico, y en la circunstancia notoria de que Fidela había llorado más que Cruz, pero más. Bien lo sabía ya el chiquillo sin que su padre se lo dijera. Acostóse D. Francisco ya muy tarde, cansado de dar vueltas y de hacer garatusas delante del vargueño, cuando en medio de un letargo oyó claramente la voz del niño: «¡Papá, papá!...»