—¿Qué, hijo mío?—dijo levantándose de un salto, pues casi siempre dormía medio vestido, envuelto en una manta.
Valentín le habló en aquel lenguaje peculiar suyo, sólo de su padre entendido, lenguaje que era rapidísima transmisión de ojos á ojos.
—Papá, yo quiero resucitar.
—¿Qué, hijo mío?—repitió el tacaño sin entender bien, restregándose los ojos.
—Que quiero resucitar, vamos, que me da la gana de vivir otra vez.
—¡Resucitar..., vivir otra vez..., volver al mundo!
—Sí, sí. Ya veo lo contento que te pones. Yo también, porque, lo que te digo: aquí se aburre uno.
—¿Según eso, te tendré otra vez conmigo, pedazo de gloria?—exclamó Torquemada sentándose, ó más bien cayéndose sobre una silla, cual si estuviera borracho perdido.
—Volveré á ese mundo.
—Resucitando, como quien dice, al modo que Jesucristo; saliéndote tan guapamente de la sepulturita perpetua que... me costó diez mil reales.