—Hombre, no; eso no podría. ¿Tú qué estás pensando? Salir así..., ¿cómo dices?, ¿grande y con el cuerpo de cuando me morí?... Quítate. Así no me dejan...

—Pues así, así debe ser. ¿Quién se opone? ¿El Grandísimo Todo? Ya, ya veo la tirria que me tiene por si digo ó no digo de él lo que me da la gana, ¡ñales! Pero conmigo que no juegue...

—Cállate... El Señor Grandísimo es bueno y me quiere. Como que me deja hacer en todo mi santísima voluntad, y ahora me ha dicho que me salga de este elemento, que me vaya contigo para convertirte y quitarte de la cabeza tus herejías endemoniadas.

—¿Y vienes á este elemento?—murmuró Torquemada, hecho un ovillo, la cabeza entre las piernas.

—Al elemento de la Humanidad bonita. Pero me da risa lo que tú piensas, padre. ¡Creer que salgo de la fosa con mi cuerpo de antes! ¿Estamos en los tiempos de la Biblia? No y no. Entérate bien: para ir allá, tengo que volver á nacer.

—¿Volver á nacer?

—Verbigracia, nacer chiquitín, como se nace siempre, como la otra vez que nací, que no fué la primera, digo que no fué la primera, ¡ñales!

—Entonces, hijo mío..., me vestiré... ¿Qué hora es? Iré á avisar al comadrón, D. Francisco de Quevedo, calle del Ave María.

—Todavía no... ¿Qué prisa hay? Pues apenas falta tiempo para eso. Tú estás tonto, padre.

—Sí que lo estoy. No sé lo que me pasa. Ya me parece que despunta el día. Las velas alumbran poco, y no te veo bien la cara.