—Es que me borro, yo no sé qué tengo que me borro. Me voy volviendo chiquitín...

—Espérate... ¿Y tu mamá, dónde está? (Al decir esto, Torquemada, tendido cuan largo era en medio de la estancia, parecía un muerto.) Se me figura que la he sentido gritar... Lo que dije, empiezan los dolores; hay que avisar.

—No avises, no. Estoy tan chiquitín que no me encuentro. No tengo más que el alma, y abulto menos que un grano de arroz.

—Ya no veo nada. Todo tinieblas. ¿Dónde estás? (En esto se arrastraba á gatas por el cuarto.) Tu mamá no parece. La traía yo en el bolsillo, y se me ha escapado. Puede que esté dentro de la caja de fósforos... ¡Ah, pícaro! La tienes tú ahí, la escondes en el bolsillo de tu chaleco.

—No, tú la tienes. Yo no la he visto. El Grandísimo Todo me dijo que era fea...

—Eso no.

—Y vieja.

—Tampoco.

—Y que no sabía cómo se llamaba, ni le hacía falta averiguarlo.

—Yo sí lo sé; pero no te lo digo.