—Pues no lo hará—dijo Torquemada bravamente, soltando un terno y reforzándolo con fuerte patada.
—¿Y qué podremos nosotros contra los designios...?
—¡Qué desinios ni qué...! (Aquí una palabra que no se puede copiar.) Las señoras ganarán el pleito.
—¡Oh!, sí... Pero... garantíceme usted que llegaremos á la sentencia. Yo confío en la rectitud del Consejo de Estado; pero de aquí á que el pleno falle, hay una tiradita de tiempo y de gastos, en la cual nos veremos obligados á abandonar el asunto.
—No se abandonará.
—¿Usted...?
—Yo, yo. Héteme aquí diciendo: adelante con los faroles y con el litigio. Pues no faltaba más.
—Eso varía... Concretemos: usted...
—Yo, sí, señor; yo, Francisco Torquemada ordeno y mando que se pleitee. ¿Qué hace falta?, ¿Un abogado de los gordos? Pues á él. ¿Qué más? ¿Levantar un monte de papel sellado? ¡Pues hala con él!... Nada de abandono. Ó hay corazón ó no hay corazón. ¿Está claro el derecho? Pues saquémoslo por encima de la cabeza del mismísimo Cristo.
—Bueno... Me parece muy bien—dijo Donoso agarrando á su amigo por el brazo, pues en el calor de la improvisación, á punto estuvo de que le cogiera un carruaje de los que en tropel bajaban del Retiro.