Emprendieron la caminata por el Paseo de Atocha, hacia el Prado, á la hora en que los faroleros encendían el gas, y en que los paseantes á pie y en coche regresaban en bandadas en busca de la sopa. Allá por el Museo vieron un hormigueo de luces en el Prado, y les dió en la nariz tufo de aceite frito. Era la verbena de San Juan. Ya comenzaba el bullicio, y por evitarlo subieron los dos respetables amigos por la Carrera, charlando sobre lo mismo, parándose á ratos, para poder expresar con cierto reposo las graves cosas que les salían del cuerpo. «Conformes, Sr. D. Francisco—dijo Donoso allá frente á los leones del Congreso.—Permítame que le felicite por su delicadeza, virtud de la cual veo en usted uno de los ejemplos más raros. He dicho delicadeza, y añado abnegación, porque abnegación grande se necesita para hacer frente á tales dispendios sin..., vamos, sin obtener ninguna ventaja... Si usted me lo permite, le diré que me parece mal, pero muy mal... (Torquemada no chistaba.) Digo que no me parece bien, y que usted, modesto en demasía, no se aprecia en lo que vale. Le basta con la gratitud de las señoras, y francamente, no veo paridad entre la recompensa y el servicio. Y no es que sea yo muy positivista...; es que me duele verle á usted achicarse tanto...»
Como D. Francisco no rezongaba, clavados sus ojos en el suelo cual si tomara nota de las rayas de las baldosas, arrancóse el otro á mayores claridades, y allá por la esquina de Cedaceros paróse otra vez en firme, y con gallardía rasgó el velo en esta forma:
—Ea, basta de jugar á la gallina ciega con nuestras intenciones, Sr. D. Francisco. ¿Para qué hacemos misterio de lo que debe ser claro como la luz? Yo le adivino á usted los sentimientos. ¿Quiere que le describa el estado de su ánimo?
—¿Á ver...?
—Pues desde que tuve la honra de hablarle de un delicado asunto..., vamos, de la conveniencia de tomar estado, la idea ha ido labrando en usted... ¿Es ó no cierto que desde entonces no cesa usted de pensar en ello noche y día...?
—Es ciertísimo.
—Usted piensa en ello; pero su descomunal modestia le impide tomar una resolución. Se cree indigno, ¡oh!, siendo, por el contrario, digno de las mayores felicidades. Y ahora, cuando planteamos la cuestión de sacar adelante el pleito famoso; ahora, cuando usted se dispone á prestar á esa familia un servicio impagable, su delicadeza viene á remachar el clavo, porque si antes se sentía usted cohibido como diez, ahora lo está como doscientos mil, y no cesa de atormentarse con este argumento, que es un verdadero sofisma: «Yo, que me creo indigno de aspirar á la mano, etcétera..., ahora que, por venir las cosas rodadas, les presto este servicio, etcétera, menos puedo pensar en casorio, porque creerían ellas y el mundo, etcétera, que vendo el favor ó que compro la mano, etcétera...» ¿Es esto, sí ó no, lo que piensa el amigo Torquemada?
—Eso mismísimo.
—Pues me parece una tontería mayúscula, Sr. D. Francisco de mi alma, que usted sacrifique sentimientos nobilísimos ante el ídolo de una delicadeza mal entendida.
Dijo esto con tanta gallardía, que á Torquemada le faltó poco para que la emoción le hiciera derramar lágrimas.