—Es que..., diré á usted..., yo..., como soy así..., no me ha gustado nunca ser mayúsculo, vamos al decir, picar más alto de lo que debo. Cierto que soy rico; pero...

—¿Pero qué?

—Nada, no digo nada. Dígaselo usted todo...

—Ya sé lo que usted teme: la diferencia de clases, de educación, los timbres nobiliarios... Todo eso es música en los tiempos que corren. ¿Se le ha pasado por las mientes que sería rechazado?...

—Sí, señor... Y este cura, aunque de cepa humilde y no muy fuerte en finuras de sociedad, porque no ha tenido tiempo de aprenderlas, no quiere que nadie le desprecie, ¡cuidado!

—Y la pobreza de ellas le cohibe más, y dice usted: «no vayan á creer que porque son pobres les hago la forzosa...»

—Justo... Parece que anda usted por dentro de mí con un farolito, registrando todas las incumbencias y sofismas que me andan por los rincones del alma.

Aproximábanse á la Puerta del Sol, donde habían de separarse, porque Donoso vivía hacia Santa Cruz, y el camino de Torquemada era la calle de Preciados. Fué preciso abreviar la conferencia, porque á entrambos les picaba la necesidad, y en su imaginación veían el santo garbanzo.

—No hay para qué decir—indicó Donoso—que he hablado por cuenta propia antes y ahora, y que jamás, jamás, puede creerlo, hemos tocado esta cuestión las señoras y yo... Debo recordar además que la pobre doña Lupe, que en gloria esté, abrigaba este proyecto...

—Sí que lo abrigaba—replicó D. Francisco, encantado de la frase ¡abrigar un proyecto!