—Ea... No hay más que hablar por ahora. Adiós, que es tarde.

Se despidió con un fuerte apretón de manos, y no había andado seis pasos, cuando D. Francisco, que perplejo quedó en la esquina de Gobernación, sintióse asaltado de una duda punzante... Quiso llamar á su amigo; pero éste se había perdido ya entre la muchedumbre. El tacaño se llevó las manos á la cabeza, formulando esta pregunta: «¿Pero... con cuál?» Porque Donoso hablaba siempre en plural: las señoras. ¿Acaso pretendía casarle con las dos? ¡Demonio, la duda era para volver loco á cualquiera! Lanzándose intrépido en el torbellino de la Puerta del Sol, y haciendo quiebros y pases para librarse de los tranvías y evitar choques con los transeuntes, interrogaba mentalmente la esfinge de su destino: «¿Pero con cuál, ¡ñales!, con cuál...?»

XVI

Le faltó ánimo aquella noche para acudir á la tertulia; porque si á D. José le tentaba el demonio y planteaba la cuestión allí, cara á cara, ¿debajo de qué silla ó de qué mesa se metería él? Y no se achicaba, no; después de lo hablado con Donoso, tan hombre era él como otro cualquiera. Pues qué, ¿el dinero, la posición, no suponen nada? ¿No se compensaba una cosa con otra, es decir, la democracia del origen con la aristocracia de las talegas? ¿Pues no habíamos convenido en que los santos cuartos son también aristocracia? ¿Y acaso acaso las señoritas del Águila venían en línea recta de algún Archipámpano ó del Rey de Babilonia? Pues si venían que vinieran. El cuento era que á la hora presente no tenían sobre qué caerse muertas, y su propiedad era... lo que las personas bien habladas llaman un mito..., un pleito que se ganaría allá para la venida de los higos chumbos. ¡Ea, nada de repulgos ni de hacerse el chiquitín! Bien podían las tales darse con un canto en los pechos, que brevas como él no caían todas las semanas. ¿Pues á qué más podían aspirar? ¿Había de venir el hijo mayor del Emperador de la China á pedir por esposa á Crucita, ya llena de canas, ó á Fidelita, con los dientes afilados de tanta cáscara de patata como roía? ¡Ay, ya iba él comprendiendo que valía más de lo que pesaba! ¡Fuera modestia, fuera encogimientos, que tenían por causa el no dominar la palabra y el temor de decir un disparate que hiciera reir á la gente! No se reirían, no; que gracias á su aplicación ya había cogido sin fin de términos, y los usaba con propiedad y soltura. Sabía encomiar las cosas diciendo muy á cuento: excede á toda ponderación. Sabía decir: si yo fuera al Parlamento, nadie me ganaría en poner los puntos sobre las íes. Y aunque no supiera, ¡ñales!, su pesquis para los negocios, su habilidad maravillosa para sacar dinero de un canto rodado, su economía, su formalidad, su pureza de costumbres, ¿no valían nada? Á ver, que le sacaran á relucir algún vicio. Él ni bebida, él ni mujeres, él ni juego, él ni tan siquiera el inofensivo placer del tabaco. Pues entonces..., ¿por qué le habían de rechazar? Al contrario, verían el cielo abierto, y creerían que el Santísimo y toda su corte se les entraba por las puertas de la casa. Razonando de este modo se tranquilizó, llenándose de engreimiento y de confianza en sí mismo. Pero luego volvía la terrible duda: «¿Con cuál, Señor, con cuál?»

En un tris estuvo, por la mañana, que escribiera una esquelita á D. José Donoso rogándole que le sacara de aquella enfadosa incertidumbre. Pero no lo hizo. ¿Para qué, si pronto había de despejarse la incógnita? Al fin, como las señoras mandaran recado á su casa preguntando por su salud (con motivo de haber hecho rabona en la tertulia de la noche precedente), no tuvo el hombre más remedio que ir. Casi casi lo deseaba. ¡Qué miedo ni qué ocho cuartos! Cada uno es cada uno. Si le rechazaban, ellas se lo perdían. Por mucho que se les subiera á la cabeza el humillo de la vanidad, no dejarían de comprender que de hombres como él entran pocos en libra... ¡Y á fe que estaban los tiempos para reparillos y melindres!... Sin ir más lejos, véase á la Monarquía transigiendo con la democracia, y echando juntos un piscolabis en el bodegón de la política representativa. ¿Y este ejemplo no valía? Pues allá iba otro. La aristocracia, árbol viejo y sin savia, no podía ya vivir si no lo abonaba (en el sentido de estercolar) el pueblo enriquecido. ¡Y que no había hecho flojos milagros el sudor de pueblo en aquel tercio de siglo! ¿No andaban por Madrid arrastrados en carretelas muchos á quienes él y todo el mundo conocieron vendiendo alubias y bacalao ó prestando á rédito? ¿No eran ya senadores vitalicios y consejeros del Banco muchos que allá en su niñez andaban con los codos rotos, ó que pasaron hambres por juntar para unas alpargatas? Pues bien: á ese elemento pertenecía él, y era un nuevo ejemplo del sudor de pueblo fecundando... No sabía concluir la frase.

Esto pensaba al subir la escalera de la casa de sus amigas, casi casi podía decir de sus mujeres; pues no pudiendo discernir en su agitada mente cuál de las dos le tocaría, se le representaba el matrimonio dando una mano á cada una. Abrióle Cruz, que le llevó á la sala, como si quisiera hablarle á solas. «Esto de enchiquerarme en la sala—pensó Torquemada—me huele á manifestaciones. Ya tenemos la pelota en el tejado.»

En efecto, Cruz, que había llevado á la salita la lámpara que de ordinario alumbraba la tertulia en el gabinete, le acorraló allí para manifestarle con fría urbanidad que el señor de Donoso les (¡siempre el plural!) había hablado de un asunto, cuya importancia ni á ellos ni al señor de Torquemada se podía ocultar. Inútil decir que las señoras se sentían honradísimas con la... indicación... No era aún más que indicación; pero luego vendría la proposición. Honradísimas, naturalmente. Agradecían con toda su alma el nobilísimo rasgo... (rasgo nada menos) de su noble amigo, y estimaban sus nobles sentimientos (tanta nobleza empalagaba ya) en lo mucho que valían. Mas no era fácil dar respuesta categórica hasta que no pasara algún tiempo, pues cosa tan grave debía mirarse mucho y pesarse... Así convenía á la dignidad de todos. Contestó D. Francisco en frases entrecortadas y rápidas, sin decir nada en substancia, sino que él abrigaba la convicción de..., y que él había hecho aquellas manifestaciones al señor de Donoso movido de la lástima..., no, movido de un sentimiento... nobilísimo... (ya todos éramos nobilísimos); que su deseo de ser grato á las señoras del Águila excedía á toda ponderación...; que se tomaran todo el tiempo que quisieran para pensarlo, pues así le gustaban á él las cosas, bien pensaditas y bien mediditas...; que él era muy sentado, y evacuaba siempre despacito y con toda mesura los asuntos de responsabilidad.

Breve fué la conferencia. Dejóle solito un instante la señora, y él se paseó agitadísimo por la angosta sala, otra vez atormentado por aquella duda, que ya se iba volviendo del género cómico, de un cómico verdaderamente sainetesco. Fué á dar ante el espejo, y al ver su imagen no pudo menos de increparse con saña: «¡Pero hombre, si serás burro que todavía no sabes con cuál ha de ser!... Pedazo de congrio, pregúntalo, pregúntalo, que es ridículo ignorarlo á estas alturas..., aunque también preguntarlo es gran mamarrachada, ¡ñales!»

La entrada del señor de Donoso puso fin á estas manifestaciones internas, y no tardaron los cinco personajes en hallarse reunidos en el próximo gabinete, las señoras próximas á la luz, D. Francisco junto al ciego y Donoso allá en la marquesita del ángulo, apartado como en señal de veneración, para que sus palabras, teniendo que recorrer un espacio relativamente largo, resonaran con mayor solemnidad. Perdido ya el miedo, Torquemada, si le pinchan, arroja en medio de la noble sociedad su pregunta explosiva: «Conque á ver, sepamos, señoras mías, con cuál de ustedes me voy á casar yo.» Pero no hubo nada de esto, porque ni alusiones remotísimas se hicieron al peliagudo caso; y por más atención que puso, no pudo descubrir el avaro ninguna novedad en el rostro de las dos damas, ni síntoma alguno de emoción. ¡Cosa más rara! Porque lo natural era que estuviese emocionada la que... la que fuese. En Cruz, únicamente podía observarse un poco de animación; en Fidela, quizás, quizás un poco más de palidez. Amables como siempre las dos señoritas, no le dijeron al pretendiente nada que él no supiera; de lo que dedujo que no les importaba un comino el casorio, ó que disimulaban la procesión que les andaba por dentro. Lo que sí pudo notar D. Francisco, fué que á Rafael no hubo medio de sacarle del cuerpo una palabra en toda la velada. ¿Cuál sería el motivo de que estuviese el bendito joven tan tétrico y metido en sí? ¿Tendría relación aquella..., ¿cómo se decía?..., ¡ah!, actitud..., aquella actitud con el proyectado casorio? Puede que no, porque probablemente nada le habrían dicho sus hermanas.

Cruz siempre afable, guardando la distancia, señora neta y de calidad superior; Fidela más corriente, tendiendo á la familiaridad festiva, con leves atrevimientos y mayor flexibilidad que su hermana en la conversación. Tales fueron aquella noche, como la anterior, como siempre; mas por lo tocante al materialismo de aquel proyecto que alborotaba el espíritu y los nervios de Torquemada, fueron un par de jeroglíficos á cual más enigmático é indescifrable. Ya le iba cargando á D. Francisco tanto repulgo, tanto fruncido de labios, marcando la indiferencia, y tanto escoger y recalcar las palabras más sosas y que no decían carne ni pescado. Deseaba que terminase la tertulia para salir de estampía y desahogarse con D. José... ¡Ah, gracias á Dios que se acababa al fin! «Buenas noches... Conservarse...» En la escalera no quiso decir nada, porque las señoras, que salían de faroleras, podían oir. Pero en cuanto llegaron á la calle, cuadróse el hombre, y allí fué el estallar de su cólera, con la grosería que informaba su ser efectivo anterior y superior á los postizos de su artificiosa metamorfosis.