—¡Mecachis con la potencia! Yo creía..., vamos..., parecía natural (calmándose) que lo primero fuera saber cuál es la rama en que á uno le cuelgan... De modo que...

—Nada puedo decir aún sobre ese particular, cuya importancia soy el primero en reconocer.

—Apañado estoy... Ya debe comprender que tengo razón... hasta cierto punto, y que otro cualquiera, en igualdad de circunstancias...

Al ver que se ponía otra vez la máscara de finura, Donoso le tuvo por vencido, y le encadenó más diciéndole:

—Repito que si mis gestiones no le acomodan, ahí va mi dimisión de ministro plenipotenciario...

—¡Oh, no, no!... No la admito, no debo admitirla..., ¡cuidado! Es más, suplico á usted que la retire...

—Queda retirada. (Palmetazo en el hombro.)

—Dispénseme si se me fué un poco la burra...

—Dispensado, y tan amigos como antes.

Separáronse en la Red de San Luis, y Torquemada se fué rezongando; aún repercutían en su interior los ecos de la tempestad, mal sofocada por la fascinación que D. José Donoso ejercía sobre él.