—Si no digo que no; no digo nada. Arréglelo usted como quiera... El humorismo del destino adverso es horrible, ¿verdad? ¡Gasta unas bromas Dios Omnipotente!... Crea usted que no puedo menos de ver todo eso de la inmortalidad y de la eterna justicia por el lado cómico. ¿Qué hizo Dios, al crear al hombre, más que fundar el eterno sainete?

—No hay que tomarlo así—dijo D. José buscando argumentos de peso.—Nos encontramos frente á un problema... La solución única aceptable desde luego es un poquito amarga, de catadura fea... Pero hay cualidades: yo creo que raspando la tosquedad se encuentra el hombre de mérito, de verdadero mérito...

Cruz, que tenía los brazos desnudos porque había estado lavando, los cruzó, clavándose en ellos las uñas. Á poco más se saca tiras de piel. «Aceptado; he dicho que aceptado—afirmó con energía, tembloroso el labio inferior.—Ya sabe que mis resoluciones son decisivas. Lo que resuelvo, se hace.»

Cuando se retiraba, D. José, asaltado de una duda enojosa, tuvo que llamarla. «Por Dios, no sea usted tan viva de genio. Hay que tratar de un extremo importantísimo. Para seguir las negociaciones, y fijar con la otra parte contratante los términos precisos de la solución, necesito saber...»

—¿Qué, qué más?

—Pues ahí es nada lo que ignoro. Á estas alturas, ni él ni yo sabemos con cual de ustedes...

—Es verdad... Pues... con ninguna, digo, con las dos... No, no haga usted caso. Yo pensaré ese detalle.

—¿Lo llama detalle?...

—Tengo la cabeza en ebullición. Déjeme pensarlo despacio, y lo que yo resuelva, eso será.

Retiróse D. José, y la dama siguió lavando, sin dejar comprender á Fidela el gallo tapado que el amigo de la casa traía. Ambas se ocupaban con el ardor de siempre en las faenas domésticas, alegre la joven, taciturna la mayor. Una de las cosas á que más difícilmente se resignaba ésta era á la necesidad de ir á la compra. Pero no había más remedio, pues la portera, que tal servicio solía prestarles, se hallaba gravemente enferma, y antes morir que fiarse para ello de alguna de las vecinas entrometidas y fisgonas. Confiar los secretos económicos de la desgraciada familia á gente tan desconsiderada, incapaz de comprender toda la grandeza de aquel martirio, habría sido venderse estúpidamente. Y antes que venderse, mejor era humillarse á bajar al mercado, hacer frente á placeras insolentes y tenderos desvergonzados, procurando no darse á conocer, ó haciéndose la ilusión de no ser conocida. Cruz se disfrazaba, envolviéndose el cuerpo en un mantón y la cara en luengo pañuelo, y así salía, con su escaso repuesto de moneda de cobre, que cambiaba por porciones inverosímiles de carne, legumbres, pan y algún huevo en ciertos días. Ir á la compra sin dinero, ó con menos dinero del necesario, era para la dignísima señora suplicio que se dejaba tamañitos todos los que inventó el Dante en su terrible Infierno. Tener que suplicar que se le concediese algún crédito, tener que mentir, ofreciendo para la semana próxima lo que seguramente no había de poder dar, era un esfuerzo de voluntad sólo inferior en un grado al que se necesita para estrellarse el cráneo contra la pared. Flaqueaba á veces; pero el recuerdo del pobrecito ciego, que no conocía más placer que saborear la comida, la estimulaba con aguijón terrible á seguir adelante en aquel vía crucis. «¡Y luego me hablan á mí de mártires—se decía, camino de la calle de Pelayo—y de las vírgenes arrojadas á las fieras y de otras á quienes desollaban vivas! Me río yo de todo eso. Que vengan aquí á sufrir, á ganar el cielo sin ostentación de que se gana, sin bombo y platillo.» Regresaba á su casa jadeante, el rostro como un pimiento, rendida del colosal esfuerzo, que otra vez le daba idea de la infinita resistencia de la voluntad humana. Seguían á estas amarguras las de aderezar aquellos recortes de comida, de modo que Rafael tuviese la mejor parte, si no la totalidad, sin enterarse de que sus hermanas no lo probaban. Para que no conociese el engaño, Fidela imitaba el picoteo del tenedor, el rumor del mascar, y todo lo que pudiera dar la ilusión de que ambas comían. Cruz se había hecho ya á sobriedades inverosímiles; y si Fidela mordiscaba, por travesura y depravaciones del gusto, mil porquerías, hacíalo ella por convicción, curada ya de todos los ascos posibles. El partido que allí se sacaba de una patata, resultaría increíble si se narrara con toda puntualidad. Cruz, como el filósofo calderoniano, recogía las hierbas arrojadas por la otra. Huevos, ninguna de las dos los cataba tiempo hacía, y para que Rafael no lo comprendiera, la traviesa hermana menor golpeaba un cascarón sobre la huevera, imitando con admirable histrionismo el acto de comer un huevo pasado. Para sí hacían caldos inverosímiles, guisos que debieran pasar á la historia culinaria cual modelos de la nada figurando ser algo. Ni aun á Donoso se le revelaban estos milagros de la miseria noble, por temor de que el buen señor hiciera un disparate sacrificándose por sus amigas. Tanta delicadeza en ellas era ya excesiva; pero se encontraban sin fuerzas para conllevar por más tiempo actitudes tan angustiosamente difíciles, y por las noches no podían sostener la afable rigidez de la tertulia sino con tremendas erecciones de la voluntad.