Aquel día, que debía señalarse con piedra de algún color, por ser la fecha en que fueron aceptadas en principio por Cruz las proposiciones de Torquemada, sentíase la buena señora con más ánimos. Se presentaba una solución, buena ó mala, pero solución al fin. La salida de aquella caverna tenebrosa era ya posible, y debían alegrarse, aun ignorando adónde irían á parar por la grieta que en la ingrata roca se vislumbraba. Al dar de comer á su hermano, la dama ponderó más que otras veces la buena comidita de aquel día. «Hoy tienes lo que tanto te gusta: lenguado al gratin. Y un postre riquísimo: polvorones de Sevilla.» Fidela le ataba la servilleta al cuello; Cruz le ponía delante el plato de sopa, mientras él, tentando en la mesa, buscaba la cuchara. La falta de vista habíale aguzado el oído, dándole una facultad de apreciar las más ligeras variaciones del timbre de voz en las personas que le rodeaban. De tal modo afinaba, en aquel memorable día, la ampliación del sentido, que conoció por la voz, no sólo el temple de su hermana, sino hasta sus pensamientos, á nadie declarados.
En los ratos que Cruz iba á la cocina, dejándole solo con Fidela, el ciego, comiendo despacio y sin mucho apetito, platicaba con su hermana.
—¿Qué pasa?—le preguntó con cierta inquietud.
—Hijo, ¿qué ha de pasar? Nada.
—Algo pasa. Yo lo conozco, lo adivino.
—¿En qué?...
—En la voz de Cruz. No me digas que no. Hoy ocurre en casa algo extraordinario.
—Pues no sé...
—¿No estuvo D. José esta mañana?
—Sí.