V
—Sosiégate... Te diré todo—replicó Fidela, un poquitín asustada, colgándose de sus hombros para hacerle sentar.—Tiempo hacía que no te enfadabas así.
—Es que desde ayer estoy como un arma cargada á pelo. Me tocan y me disparo... No sé qué es esto... Un presentimiento horrible, un temor... Dime: en ese cambio feliz que nos espera, ¿ha tenido algo que ver D. José Donoso?
—Puede que sí: no te lo aseguro.
—¿Y D. Francisco Torquemada?
Pausa. Silencio grave, durante el cual, el vuelo de una mosca sonaba como si el espacio fuera un gran cristal rayado por el diamante.
—¿No respondes? ¿Estás ahí?—dijo el ciego con ansiedad vivísima.
—Aquí estoy.
—Dame tu mano... Á ver.
—Pues siéntate y ten juicio.