Rafael se sentó y su hermana le besó la frente, dejándose atraer por él, que le tiraba del brazo.

—Paréceme que lloras. (Tentándole la cara.) Sí..., tu cara está mojada. Fidela, ¿qué es esto? Respóndeme á la pregunta que te hice. En ese cambio, en ese..., no sé cómo decirlo..., ¿figura de algún modo, como causa, como agente principal, ese amigo de casa, ese hombre ordinario que ahora estudia para persona decente?

—Y si figurara, ¿qué?—contestó la joven después de hacerse repetir tres veces la pregunta.

—No digas más. ¡Me estás matando!—exclamó el ciego apartándola de sí.—Vete, déjame solo... No creas que me coge de nuevas la noticia. Hace días que me andaba por dentro una sospecha... Era como un insecto que me picaba las entrañas, que me las comía... ¡Sufrimiento mayor...! No quiero saber más: acerté. ¡Qué manera de adivinar! Pero dime: ¿no trajisteis á ese hombre á casa como bufón para que nos divirtiera con sus gansadas?

—Cállate, por Dios—dijo Fidela con terror.—Si Cruz te oye se enojará.

—Que me oiga. ¿Dónde está?

—Vendrá pronto...

—¡Y ella...! Dios mío, bien hiciste en cegarme para que no viera tanta ignominia... Pero si no la veo, la siento, la toco...

Gesticulaba en pie, y habría caído tropezando contra los muebles, si su hermana no se abrazara á él, llevándole casi por fuerza al sillón.

—Hijo, por Dios, no te pongas así. Si no es lo que tú crees.