—Que sí, que sí es.

—Pero óyeme... Ten juicio, ten prudencia. Déjame que te peine.

De una manotada arrancó Rafael el peine de manos de Fidela, y lo partió en dos pedazos.

—Vete á peinar á ese mastín, que lo necesitará más que yo. Estará lleno de miseria...

—¡Hijo, por Dios!..., te vas á poner malito.

—Es lo que deseo. Mejor me vendría morirme, y así os quedabais tan anchas, en libertad para degradaros cuanto quisierais.

—¡Degradarnos! ¿Pero tú qué te figuras?

—No, si ya sé que se trata de matrimonio en regla. Os vendéis, por mediación ó corretaje de la Santa Iglesia. Lo mismo da. La ignominia no es menor por eso. Sin duda creéis que nuestro nombre es un troncho de col, y se lo arrojáis al cerdo para que se lo coma.

—¡Oh, qué disparates estás diciendo!... Tú no estás bueno, Rafael. Me haces un daño horrible...

Echóse á llorar la pobre joven, y en tanto su hermano se encerraba en torvo silencio.