—Daño, no—le dijo al fin;—no puedo hacerte daño. El daño te lo haces tú misma, y á mí me toca compadecerte con toda mi alma y quererte más. Ven acá.

Abrazáronse con ternura, y lloraron el uno sobre el pecho de la otra, con la efusión ardiente de una despedida para la eternidad.

Inmenso cariño aunaba las almas de los tres hermanos del Águila. Las dos hembras sentían por el ciego un amor que la compasión elevaba á idolatría. Él les pagaba en igual moneda; pero queriéndolas mucho á las dos, algún matiz distinguía el afecto á Cruz del afecto á Fidela. En la hermana mayor vió siempre como una segunda madre, dulce autoridad que, aun ejerciéndose con firmeza, reforzaba el cariño. En Fidela no veía más que la hermanita querida, compañera de desgracias, y hasta de juegos inocentes. En vez de autoridad, confianza, bromas, ternura, y un vivir conjuntivo, alma en alma; sintiendo cada uno por los dos. Era un caso de hermanos siameses, seres unidos por algo más que el parentesco y un lazo espiritual. Á Cruz la miraba Rafael con veneración casi religiosa: para ella eran los sentimientos de filial sumisión y respeto; para Fidela toda la ternura y delicadeza que su vida de ciego acumulaba en él, como manantial que no corre, y labrando en su propio seno, forma un pozo insondable.

Llorando sin tregua, no sabían desabrazarse. Fidela fué la primera que quiso poner fin á escena tan penosa, porque si Cruz entraba y les veía tan afligidos, tendría un disgusto. Secándose á toda prisa las lágrimas, porque creyó sentir el ruido del llavín en la puerta, dijo á su hermano: «Disimula, hijo. Creo que ha entrado... Si nos ve llorando... de fijo se incomodará... Creerá que te he dicho lo que no debo decirte...»

Rafael no chistó. La cabeza inclinada sobre el pecho, el cabello en desorden, esparcido sobre la frente, parecía un Cristo que acaba de expirar, ó más bien Eccehomo, por la postura de los brazos, á los que no faltaba más que la caña para que el cuadro resultase completo.

Cruz se asomó á la puerta, sin soltar aún el disfraz que usaba para ir á la compra. Les observó á los dos, pálida, muda, y se retiró al instante. No necesitaba más informaciones para comprender que Rafael lo sabía, y que el efecto de la noticia había sido desastroso. La convivencia en la desgracia, el aislamiento y la costumbre de observarse de continuo los tres, daban á cada uno de los individuos de la infeliz familia una perceptibilidad extremada, y un golpe de vista certero para conocer lo que pensaban y sentían los otros dos. Ellas leían en la fisonomía de él como en el Catecismo: él las había estudiado en el metal de voz. Ningún secreto era posible entre aquellos tres adivinos, ni segunda intención que al punto no se descubriera. «Todo sea por Dios», se dijo Cruz, camino de la cocina, con sus miserables paquetes de víveres.

Arrojando su carga sobre la mesa, con gesto de cansancio, sentóse y puso entre sus trémulas manos la cabeza. Fidela se acercó de puntillas. «Ya—le dijo Cruz, dando un gran suspiro,—ya veo que lo sabe y que le ha sentado mal.»

—Tan mal, que... ¡Si vieras..., una cosa horrible...!

—¿Acaso se lo dijiste de sopetón? ¿No te encargué...?

—¡Quiá! Si él ya lo sabía...