—Bien, muy bien.
—Que venga D. José. Él nos dirá dónde debemos refugiarnos.
—Mañana se ajustará la cuenta definitiva con nuestro destino... Y como aún tenemos un día—agregó la dama con transición jovial,—hemos de aprovecharlo. Ahora almuerzas. Tienes lo que más te gusta.
—¿Qué es?
—No te lo digo; quiero sorprenderte.
—Bueno, lo mismo me da.
—Y después que almuerces, nos vamos de paseo. Tenemos un día que ni de encargo. Llegaremos hasta la casa de Bernardina, y te distraerás un rato.
—Bien, bien—dijo Fidela;—yo también quiero tomar el aire...
—No, hija mía, tú te quedas aquí. Otro día saldrás tú, y yo me quedo.
—¿De modo que voy...?