—¡Sí, señora, sí, qué amiga, qué sujeta tan excelente!... ¡Como disposición para el manejo..., pues..., y como honradez á carta cabal, no había quien le descalzara el zapato! ¡Siempre mirando por el interés y haciendo todas las cosas como es debido!... Para mí es una pérdida...
—¿Y para mí?—agregó la dama con vivo desconsuelo.—Entre tanta tribulación, con los horizontes cerrados por todas partes, sólo doña Lupe nos consolaba, nos abría un huequecito por donde viéramos lucir algo de esperanza. Cuatro días hace, cuando creíamos que la maldita enfermedad iba ya vencida, nos hizo un favor que nunca le pagaremos...
Aquello de no pagar nunca sonó mal en los oídos de Torquemada. ¿Acaso era un préstamo el favor indicado por la aristócrata?
—Cuatro días hace me hallaba yo en mi finca de Cadalso de los Vidrios—dijo, haciendo una o redondita con dos dedos de la mano derecha—sin sospechar tan siquiera la gravedad, y cuando me escribió el sobrino sobre la gravedad, vine corriendo. ¡Pobrecita! Desde el 13 por la noche, su caletre, que siempre fué como un reloj, ya no marchaba, no, señora. Tan pronto le decía á usted cosas que eran como los chorros de la verdad, tan pronto salía con otras que el demonio las entendiera. Todo el día 14 se lo pasó en una tecla, que me habría vuelto tarumba si no tuviera un servidor de usted la cabeza más firme que un yunque. ¿Qué locura condenada se le metió en la jícara barruntándole ya la muerte? Figúrese si estaría tocada la pobrecita, que me cogió por su cuenta, y después de recomendarme á unas amigas suyas, á quienes tiene dado á préstamo algunos reales, se empeñaba en...
—En que usted ampliase el préstamo rebajando intereses...
—No, no era eso. Digo, eso y algo más: una idea estrafalaria, que me habría hecho gracia si hubiera estado el tiempo para bromas. Pues... esas amigas de la difunta son unas que se apellidan Águilas, señoras de buenos principios según oí, pobres porfiadas á mi entender... Pues la matraca de doña Lupe era que yo me había de casar con una de las Águilas, no sé cuál de ellas, y hasta que cerró la pestaña me tuvo en el suplicio de Tártaro con aquellos disparates.
—Disparates, sí—dijo la señora gravemente;—pero en ellos se ve la nobleza de su intención. ¡Pobre doña Lupe! No le guarde usted rencor por un delirio. ¡Nos quería tanto!... ¡Se interesaba tanto por nosotras!...
Suspenso y cortado, D. Francisco contemplaba á la señorona sin saber qué decirle.
—Sí—añadió ésta con bondad, ayudándole á salir del mal paso.—Esas Águilas somos nosotras, mi hermana y yo. Yo soy el Águila mayor... Cruz del Águila... No, no se corte; ya sé que no ha querido ofendernos con eso del supuesto casorio... Tampoco me lastima que nos haya llamado pobres porfiadas...
—Señora, yo no sabía..., perdóneme.