—Claro, no me conocía, nunca me vió, ni yo tuve el gusto de conocerle... hasta ahora, pues por las trazas paréceme que hablo con el señor D. Francisco Torquemada.
—Para servir á usted...—balbució el prestamista, que se habría dado un bofetón en castigo de su torpeza.—¿Conque usted...? Muy señora mía, haga cuenta que no he dicho nada. Lo de pobres...
—Es verdad, y no me ofende. Lo de porfiadas se lo perdono: ha sido una ligereza de esas que se escapan á las personas más comedidas cuando hablan de lo que desconocen...
—Cierto.
—Y lo del casamiento, tengámoslo por una broma, mejor dicho, por un delirio de moribundo. Tanto como á usted le sorprende esa idea nos sorprende á nosotras.
—Y era una idea sola, una idea clavada que le cogía todo el hueco de la cabeza, y en ella estaba como embutido todo su talento... ¡Y lo decía con un alma! Y era, no ya recomendación, sino un suplicar, un rogar como se pide á Dios que nos ampare... Y para que se muriera tranquila tuve que prometerle que sí... ¡Ya ve usted qué desatino!... Digo que es desatino, en el sentido de... Por lo demás, como honra para mí, ¡cuidado!, supóngase usted... Pero digo que para aplacarle el delirio, yo le aseguraba que me casaría, no digo yo con las señoras Águilas mayores y menores, sino con todas las águilas y buitres del cielo y de la tierra... Naturalmente, viéndola tan sofocada no podía menos de avenirme; pero en mi interior, naturalmente, echaba el pie atrás, ¡caramba!, y no por el materialismo del matrimonio, que... ya digo... mucha honra es para mí, sino por razones naturales y respectivas á mí mismo, como edad, circunstancias...
—Comprendido. Nosotras, si Lupe nos hubiera hablado del caso, habríamos contestado lo mismo, que sí..., para tranquilizarla, y en nuestro fuero interno... ¡Oh!... ¡Casarse con...! No es desprecio, no... Pero respetando, eso sí, respetando á todo el mundo, esas bromas no se admiten, no, señor, no pueden admitirse... Y ahora, Sr. D. Francisco...
Levantóse, alargando la mano fina y perfectamente enguantada, que el avaro cogió con muchísimo respeto, quedándose un rato sin saber qué hacer con ella.
—Cruz del Águila... Costanilla de Capuchinos, la puerta que sigue á la panadería..., piso segundo. Allí tiene usted su casa. Vivimos los tres solos, mi hermana y yo y nuestro hermano Rafael, que está ciego.
—Por muchos años..., digo, no; no sabía que estuviera ciego su hermanito. Disimule... Á mucha honra...