—Sí, señor... Por ahí anda, componiéndome una silla.
—Llévale con tu padre—le dijo Cruz,—que le entretendrá contándole lo de África; y entremos tú y yo en tu casa, que tenemos que hablar.
Apareció por detrás de un montón de basura el héroe de los héroes del Mogreb, hombre machucho ya, pequeño de cuerpo, musculoso y ágil, á pesar de su edad no inferior á los sesenta, tipo de batallón de cazadores, cara curtida, bigote negro, cortado como un cepillo, ojos vivaces, y un reir continuo que perpetuaba en él las alegrías del tiempo de servicio. En mangas de camisa, los brazos arremangados, un pantalón viejo del uniforme de consumos, la cabeza al aire, Hipólito se adelantó á dar la mano al señorito, y le llevó adonde estaba trabajando.
—Siga, siga usted en su faena—le dijo Rafael, sentándose en una banqueta con ayuda del veterano.—Ya sé que está componiendo sillas.
—Aquí estamos enredando por matar la pícara vagancia, que es otro gusanillo como el hambre.
Sentado en el santo suelo, las patas abiertas, entre ellas la silla, Valiente iba cogiendo aneas de un montón próximo, y con ellas tejía un asiento nuevo sobre la armazón del vetusto mueble.
—Á ver, Hipólito—le dijo Rafael sin más preámbulo, que aquel romancero familiar no lo necesitaba,—¿cómo es aquel pasaje que empezó usted á contarme el otro día...?
—¿Ya...? ¿Cuando en la cabecera del puente Buceta, sobre el río Gelú, defendíamos el paso de los heridos...?
—No, no era eso. Era el paso por un desfiladero... Moros y más moros en las alturas.
—¡Ah!..., ya... Al día siguiente de Wad-Ras; ¡vaya una batallita!... Pues el ejército, para ir de Tetuán á Tánger, tenía que pasar por el desfiladero de Fondak... ¡Cristo, si no es por mí..., digo, por cazadores de Vergara...! Nos mandó el general que subiéramos á echar de allí á la morralla, y había que vernos, sí, señor, había que vernos... Nos abrasaban desde arriba. Nosotros tan ternes, sube que te sube. Al grupo que cogíamos en medio del monte..., ¡carga á la bayoneta!..., lo barríamos... Salían de los matojos á la desbandada, como conejos. Una vez en lo alto, pim, pam..., aquello no acababa... Yo solo puse patas arriba más de cincuenta...