Mientras con tanta fiereza desalojaban los nuestros al agareno de sus terribles posiciones, en la puerta de la casa, sentadas una frente á otra con familiar llaneza, Cruz y Bernardina platicaban sobre combates menos ruidosos, de los cuales ningún historiador grande ni chico ha de decir jamás una palabra.
—Necesito dos gallinas—había dicho Cruz como introducción.
—Todas las que la señorita quiera. Escójalas ahora.
—No; escógelas tú bien gordas, y no me las lleves hasta que yo te avise. Es indispensable convidarle á comer un día.
—Según eso, aquello marcha.
—Sí; es cosa hecha. Poco antes de salir de casa recibí una esquela de D. José, en la cual me dice que anoche quedó todo convenido, y el hombre como unas Pascuas de contento. No puedes imaginarte lo que he sufrido y sufro. Para llegar á esto, ¡cuánto discurrir, y qué trabajo tan penoso el de acallar la repugnancia, para no oir más voz que la de la razón, unida á otra no menos grave, la de la necesidad! Se hará; no hay más remedio.
—¿Y la señorita Fidela...?
—Se resigna... La verdad, no lo ha tomado por la tremenda, como yo me temí. Puede que haga de tripas corazón, ó que comprenda que la familia merece este sacrificio, que bien mirado, no es de los más grandes. Sacrificios peores hay, ¿no lo crees tú?
—Sí, señorita... El hombre se va afinando. Ayer le vi y no le conocí, con su chisterómetro acabado de planchar, que parecía un sol, y levita inglesa... Vaya, á cualquiera se la da... ¡Quién le vió con la camisa sucia de tres semanas, los tacones torcidos, la cara de judío de los pasos de Semana Santa, cobrando los alquileres de la casa de corredor de frente al Depósito!
—Por Dios, cállate, no recuerdes eso. Tapa, tapa.